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Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca... —así empieza el troesma uno de sus impecables cuentos.
Yo podría decir:
Había empezado a escribir la carta unos meses antes, la abandonó por asuntos urgentes algunos, banales los más, la retomó innumerables veces, volvió a abandonarla y ahora vuelve a ella en la tranquilidad del living que mira hacia el patio y más atrás, el jardín. Sentada en la incómoda silla de la computadora, de espaldas a la puerta por la que en cualquier momento puede entrar el intruso y hasta el asesino, sabiendo que los cigarrillos no están al alcance de la mano así no enciende uno distraída y se da cuenta recién cuando la tos la ahoga, decide que hoy sí, pase o que pase, terminará la carta. ¡
¡Hoy! ... treinta y dos días después!
Querido amigo:
Ni dios ni la patria ni siquiera vos, que tenías derecho, me lo han demandado... —así empezaba la carta que te escribí, pero como tantas veces, se fue, desapareció. Lo único que se me ocurre es que haya quedado en el escritorio, sin guardar, cuando la máquina se atacó. Eso fue el jueves pasado, me refiero al jueves 15. A partir de allí, se quedó catatónica y hasta el lunes a la noche, cuando vino Martín que es quien me la arregla, no la pude usar, la pantalla estaba azul celeste como un cielo de verano. Al abrirla, la carta no estaba por ningún lado. La busqué poniendo tu nombre, poniendo ni dios, poniendo querido y nada. Y ya no busqué más.
Bien, en la carta anterior, la perdutta, te hablaba del jardín, de los cambios que va teniendo conforme llega el otoño, el desconcertado otoño que no sabe quién es. La campanilla se ha ido secando aunque todavía quedan unas plantitas nuevas que dan flores tímidas y aisladas, algunos jazmines perfuman un poco todavía y la hiedra ha empezado a ponerse amarilla para darle después paso a un rojo fuego que termina en morado. La bignonia está en flor, pero más discreta este año, se ha circunscrito a un rincón. Ahora reina, ya que se impone por presencia, la papa chuchú, como la llaman en Entre Ríos, aunque su verdadero nombre es chayote. El chayote (un nombre nahuatl) viene de América central, donde le dicen chayotli y que según me han dicho, quiere decir calabaza con espinas. La planta es parecida a cualquier zapallo, es una cucurbitácea, sin duda alguna, pero con características muy particulares. Encontré una en la calle y ya sabés, no me puedo resistir. La puse, en realidad la tiré contra la pared y la olvidé, y ya avanzado el verano vi unas guías con hojas de un verde muy especial, menos ásperas que las del zapallo y llenas de zarcillos que avanzaban y se confundían con la campanilla que me da sombra al patio. Ahora forma un techo a continuación del alero y cuelgan siete papas, ya grandes, en primer plano.
La “papa”, el fruto, es como una pera gigante. Ésta es verde (antes tuve una que era amarilla) y lustrosa, un verde claro y brillante y las espinas son débiles, no lastiman. Adentro tiene, como la palta, un carozo o más bien una pepita chata. La carne, a diferencia de la palta que es mantecosa, es consistente. En realidad no tiene demasiado sabor, es más bien sosa aunque levemente dulzona y esto permite incluirla en varias comidas o prepararla de diferentes maneras donde lo que prima es el condimento. En algunas guías, he llegado a contar quince papas de modo que voy a tener que aguzar mi imaginación para inventar recetas. Cuando venga mi nuera Paula le voy a pedir que tome unas fotografías.
El jardín está súper poblado aunque veo poco ahora a sus habitantes ya que la mayoría hiberna. Tengo dos sapos, uno negro que se llama Ortiz y uno verdoso que se llama Benavides. Ortiz es más grande y se lo ve muy poco, Benavides es más sociable. Y lo que me ha aumentado es la familia quelonia.
Siempre quise tener cuarenta y una tortugas, hasta ahora tenía nueve pero se ha aumentado la familia. Le escribí a Graciela contándole la historia y hubiera querido copiar la carta pero yo escribo y tiro, de modo que intentaré reescribirla para vos.
Te cuento cómo obtuve la primera. Bueno, la primera no. Cuando era chica siempre vivieron dos tortugas en el sand box, se llamaban Timmy y Tommy y después alguien nos regaló una grandísima a la que le pusimos Petrouchka. Seguramente fue Nanina, mi hermana, a la que le encantaba el Ballet. Pero esas eran tortugas de la infancia. La primera de esta tanda la compré en el tren. Yo iba a Buenos Aires a ver a un juez porque mi hijo menor, Emanuel estaba en Europa, ya ni recuerdo dónde, y recibió una citación del juzgado por una pelea que se había armado en un partido de jockey. Ambos equipos se habían agarrado a trompadas y palos. Cuando llegó la policía ya todos se habían escapado, (de todos modos creo recordar que les costó varias fechas de suspensión). Iba entonces a comunicar que estaba fuera del país para que no lo declararan en rebeldía. Y ahí, en el tren, cuando viajaba en tren a Buenos Aires, apareció la tortuga.
En realidad no recuerdo si quería una tortuga pero el vendedor fue tan maravilloso que no pude sino comprarla. Era del litoral, me parece que correntino, y estaba totalmente borracho. Traía una canasta al brazo y apenas mantenía el equilibrio con el vaivén del tren. Metió la mano en la canasta y en lugar de chipa o pan casero o algún queso, sacó una tortuga y comenzó a hablar de los quelonios. Así la nombró, dijo: este animal es un quelonio. Es prehistórico y desciende de los dinosaurios. Es ideal como mascota para los niños ya que no es agresivo ni trasmite ninguna enfermedad. En prueba de lo que digo, la beso en la boca. Y ahí nomás la besó. ¿Cómo no la iba a comprar? Diez pesos me costó. El tema era cómo llevarla. Por suerte tenía una bolsa de esas de papel en la que llevaría un abrigo o quién sabe qué y ahí la metí. Y con ella llegué al juzgado donde me recibió el juez. En medio de la conversación vi que el juez no me miraba sino que miraba el suelo. Seguí su mirada y comprobé que la bolsa caminaba. Entonces le expliqué, saqué la tortuga, se la mostré y le conté la historia del correntino. Probablemente pensó que yo estaba completamente loca pero le hizo gracia. Qué pasó con el tema por el que fui no lo recuerdo, pero supongo que lo habrán sobreseído porque siguió jugando muchos años después de eso.
Mi sobrino Santiago encontró una en la calle y me la trajo. Es un macho y se llama Juan. Tiene una rajadura vieja en el caparazón. Es agresivo, el que se despierta antes y el que sigue deambulando cuando el resto se ha puesto a dormir. Y amigo Raúl me trajo otra y ya eran tres y ahí fue cuando decidí que quería tener 41, que es el año en que nací. Me regalaron alguna, compré alguna otra y llegué a nueve. Y como tengo machos y hembras había huevos fértiles que metí en una lata cubrí con arena y metí debajo de la heladera, donde el calor constante y parejo del motor, actuaría de incubadora, pensé. Allí los dejé y me olvidé porque no se ven, claro. Volví a recordarlos antes de irme al Uruguay a mediados de Marzo y pensé que no tenía sentido conservarlos, que los iba a tirar. Por suerte me olvidé, porque a fines de Marzo apareció una tortuguita caminando por el living en dirección al patio, con un pedazo de cáscara de huevo pegada. Fue emocionante. Nacieron cuatro más. Las dos últimas, muy chiquitas, se murieron.
* * *
Hoy es 19 de Mayo. Tenés todo el derecho a pensar de mí lo que quieras y de decirlo. Estoy medio apestada, con mucha tos, fiebre, (que creo que ha cedido porque anoche empecé a tomar un antibiótico que me recetó un médico amigo), resfrío, inapetencia, malhumor. Alguna vez voy a recuperar la carta que le mandé a Graciela sobre mis tortugas o le voy a pedir que si no la tiró te la reenvíe. No tengo voluntad de reescribirla, no tengo voluntad de nada, de escribir ni de leer ni siquiera de ver una película.
Gracias por ser un amigo tan paciente...
_______ S.O.
Alguna vez voy a recuperar la carta que le mandé a Graciela sobre mis tortugas...
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