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   CHICAGO on ice
   [a propósito del blizzard ... ]

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 por  GINEVRA    
Chicago (USA)    
—Feb. 2011—    


    El otro día mi amigo Ferrand que es, entre otras cosas, adivino, me preguntó en un correo electrónico cómo me iba con la nieve, aún antes de saber que en Chicago había una tormenta terrible de nieve, viento, hielo, relámpagos y truenos. Quizá porque partía de una corazonada, el tono de su pregunta no era suficientemente afligido, y recibió una respuesta casi indignada. No me preguntes por la nieve, le dije, desde esos cálidos climas en que tú vives, o lo que desde aquí parecen cálidos climas, si yo estoy metida en hielo hasta el cuello.
La verdad es que la última tormenta de nieve, el blizzard del martes y miércoles pasado, no lo pasé enterrada por la nieve, sino en mi casa, donde estuve caliente y seca, pero psicológicamente congelada, y un poco asustada también. Cuando se lo conté a Ferrand me di cuenta de que por primera vez en mi vida me había asustado de una tormenta.

    En otros inviernos de Chicago los vientos del Ártico y los remolinos de nieve me encontraron, a veces, en carreteras pequeñas, donde lo más fácil es quedar enterrado, o en las autopistas, donde lo más fácil es estrellarse, y sin embargo no me asusté. Este año el blizzard fue anunciado con anticipación y muy exactamente, tanto, que comenzó a la hora indicada, como si fuera una función de teatro. Incluso advirtieron que iba a ser peor que el memorable de 1989. Yo volví a casa temprano, con un buen trozo de carne para meter al horno y suficiente verdura, fruta y yogur como para sobrevivir varios días sin asomarme a la calle. Vi caer la primera nieve con una sonrisa, porque siempre la primera nieve es engañosa: tan delicada, tan calladita.  Pero en pocos minutos la nieve giraba por el aire y el viento ululaba, y también aullaba, escupía y destrozaba todo.
Los sillones de madera de mi balcón, pese a que son pesados, empezaron a correr de un extremo a otro como fantasmas enloquecidos. Chocaban contra las barandas de metal, haciendo unos ruidos espantosos, que se unían a las sirenas de las ambulancias y de los bomberos y a los gritos cada vez más estridentes del viento. Llamé a un empleado del edificio de apartamentos donde vivo para que me ayudara a sacar los sillones antes de que rompieran una ventana o volaran por el aire, pero no se atrevió a abrir la puerta del balcón porque el viento era tan fuerte que podía succionarnos. Tuve que esperar a que amainara un poco, lo que sucedió o me pareció que sucedía en la madrugada, y entonces volví a llamar pidiendo ayuda. Al abrir, me agarré de la puerta, por miedo de volar por los aires. En otra tormenta (¿cuántas tormentas he vivido? ¿no será mi vida una vida de tormentas?) vi volar por los aires a la secretaria del departamento de lingüística, que se alzó a considerable altura y luego cayó como un pájaro muerto, ante el horror de todos los que salíamos de la facultad en ese momento, con ella. Las tormentas tienen predilección por las horas de salida del trabajo. Lo tengo observado.
Pasé las primeras horas del blizzard tratando obstinadamente de trabajar, mientras los sillones, en estado de locura nunca vista, corrían, o mejor dicho patinaban por el hielo que cubría el balcón, chocando entre sí y contra las barandas. Los golpes ponían los pelos de punta. Hubo unas horas en que, además de las ráfagas de nieve y viento, hubo truenos que parecían venir del centro de la tierra, y también relámpagos que partían con sus muecas rojas la masa de blancura vertiginosa que nos rodeaba. Nunca vi nada igual antes.
Mi casa es como un palco de teatro para disfrutar de estos espectáculos, porque hace esquina sobre el parque Lincoln y el lago Michigan, de cara al Ártico, y las paredes son casi completamente de cristal. Veo el este, el norte y el oeste,  y, si aplasto la nariz contra las ventanas, también veo el sur (no aconsejo aplastar la nariz contra mis ventanas en invierno, porque se queda pegada, ya que mi casa se transforma en un iglú).

    También veo la avenida costanera que bordea el lago, y esa tarde observé que los coches dejaban, poco a poco, de circular y quedaban allí, como insectos muertos. Después me contaron que algunos estuvieron seis horas enterrados, porque era imposible auxiliarlos, y reflexioné sobre la ventaja de tener el tanque de gasolina siempre lleno, para no morir de frío, y de llevar un teléfono cargado, no para pedir socorro, sino para pasar el tiempo. Mi amigo Tom, que volvía a su casa por una autopista, me llamó nada más que para charlar conmigo mientras conducía, para sentirse acompañado y distenderse un poco (se entiende que no tenía el teléfono en la mano, sino instalado como pide la ley). Yo, espantada y fingiendo calma. Me dijo que no veía nada, que seguía unas luces y veía venir otras de frente, nada más, que no podía frenar, que ni siquiera veía bien los controles del coche, y que el coche se sacudía como si fuera una pluma, pese a que es casi un camión. Estaba claro que se sentía en peligro pero que no podía resistirse a asustarme un poco, y yo oscilaba entre decirle que no me tomara el pelo y dar chillidos de madre histérica, preguntándole si tenía cuidado, si no se distraía, y cuánto faltaba para la salida de la autopista. Me parecía que iba a estar más seguro fuera de la autopista, en la avenida que conduce a su casa, sin imaginar que en la avenida todo lo que no estaba fijo volaba por los aires y la situación era tan o más peligrosa.
En todo ese tiempo yo, caminando por mi casa enceguecida por la blancura impenetrable del exterior (ya no se veían ni los coches perdidos en la costanera) y oyendo los golpazos de mis sillones y los crujidos del edificio (los edificios altos se mueven y crujen en estos vientos), atendía a la voz de Tom, que iba y venía en un túnel de extraño silencio, como si Tom estuviera en otro mundo.  Por fin llegó a su casa, y nos dimos cuenta de que habíamos tardado más de hora y media para recorrer una distancia que normalmente le lleva menos de media hora.

    El blizzard duró toda esa tarde y esa noche del martes y toda la mañana del miércoles, hasta las 3 de la tarde, sin amainar ni una vez. Salí a la calle el jueves y vi árboles derribados más allá de los muros de nieve pétrea que crean los camiones de la municipalidad cuando despejan las calles. Son muros altísimos y tardan días en penetrarlos y abrir entradas, para que la gente pueda cruzar la calle. En mi edificio la puerta giratoria del frente había salido de sus goznes y la habían clausurado. En otros edificios se rompieron los vidrios de las claraboyas, y en muchas casas se hundieron los techos. Muchas personas no pudieron salir de su casa al día siguiente de la tormenta, porque las calles, a esas alturas, tenían un metro de nieve, que no era nieve ya, sino hielo, porque después de la tormenta viene algo igualmente temible: cielo azul, sol (si a eso se lo puede llamar sol) y un frío de muerte, de 15 o 20 grados bajo cero, que, con el viento, pueden llegar a ser 30 bajo cero.
Sin embargo, la ciudad no se paralizó del todo en ningún momento, y los transportes anduvieron con demoras, pero anduvieron, en especial los trenes, y el viernes los niños volvieron al colegio, bien abrigados, con las mejillas coloradas. Como le dije a Ferrand, esta es la ciudad de los hombros anchos, así la llamó el poeta Carl Sandburg:

Stormy, husky, brawling,
City of the Big Shoulders

_______  Ginevra   


 ... árboles derribados más allá    
de los muros de nieve pétrea... !!!    

 

→ imágenes del blizzard (por centenares)

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