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Un reflejo cruza el espejo súbitamente. Mientras se mira en él se le oye susurrar:
soy yo, Le Croc, estoy aquí, tengo pies y manos, ojos, puedo verme. Soy yo, pero no me reconozco, quiero ser yo, dentro y fuera de mí. Hola, te he visto antes, has cambiado, estas más gordo, …tú también… oh, cómo ha pasado el tiempo, para unos más que para otros… Hola, ¿estás aun ahí?, ya veo, no te has cansado de mirar, es el deporte nacional, mirar, ver pasar a los demás, vivos o medio muertos. Hola, soy yo, uno de tantos, y estoy escondido, espero que no me reconozcan…
En voz alta, y entonación normal:
Esta arruga, bajo el párpado, no estaba ayer. Acabo de quitarme la venda profiláctica que me pusieron tras aplicarme el láser. Me han corregido una pequeña desviación del fondo ocular que no había quedado bien del todo en la operación anterior. Las liposucciones te hacen esto, te arrugan todo el cuerpo, estiras de un lado, pliegas por otro, todo se desvía de su sitio como un traje mal cortado.
Los cirujanos no saben de texturas, de cortes, yo sí. Estos cirujanos plásticos son un pozo sin fondo, un cerebro insondable, están lo más cerca de ser dios que un humano pueda creerse. Pero me fascinan las clínicas en Suiza, su limpieza casi purpúrea, el aire del Mont Blanc, tan limpio que casi duele al respirarlo, sus enfermeras de pasarela y ese detalle irrenunciable de saber lo que quieres en cada momento antes de que tú mismo lo pienses, y en perfecto francés.
Pero lo llevo bien. Tengo 45 años y soy el dueño de medio mundo, bueno literalmente de lo que viste a medio mundo, el mal llamado ‘pret a porter’. Aun así me he propuesto rejuvenecer progresivamente y no dejar de dominar a más y más mundo, como el diablo. Ah sí, ya veo, algunos ya no creen en esto de un diablo ni de un dios, su alter-ego. No saben que la historia está contada al revés, Lucifer fue originalmente el rey de la creación, y uno de sus ángeles se reveló porque quería ser bueno, especial, un dechado de virtudes. A ese le podemos llamar dios, esto es lo que tiene sentido. El mundo como escenario, y nosotros los humanos como protagonistas de la creación, provocadores del mayor caos y destrucción que ningún creador sobrenatural hubiera imaginado, ni el diablo mismo.
Mientras se mira en el espejo del baño, cree ver reflejada su habitación de hospital con vistas a las montañas, al majestuoso glaciar que se derrite entre crujidos, dos enfermeras llaman y entran en la habitación. Y Oye: Monsieur Le CROC, tenemos que cambiarle los vendajes, ¿está usted listo? Pero no les hace caso, está mirando algo sin verlo, cree haberlo visto pero no puede ser, se siente seguro en uno de esos hospitales en los que es imposible algo sucio, algún resto, algo orgánico. Su estancia individual se vería sin duda más grande que una planta de hospital público de cualquier ciudad del mundo, Madrid por ejemplo, donde nació, en una familia más bien normalita, de clase media, de economía justita aunque suficiente para haber sido feliz. Pero esto no ocurrió, y decidió abandonar el plan, hace mucho tiempo.
Creo que mi padre no se dio cuenta de dónde me había matriculado para hacer la carrera universitaria. Si fuera así se lo habría pensado dos veces. Además se gastó todo lo que tenía, se arruinó casi totalmente. Entonces me di cuenta de lo distinto que era de aquel ser generoso. Me repetía una y otra vez, hijo, si quieres estudiar hazlo lo mejor posible, en el mejor sitio posible. Si no, déjalo y dedícate a la fontanería, ganarás más en todo caso. Y mi madre, ¡ah! ese ser duro y frío, clasista hasta la médula, ¡qué ser auténtico y fuerte! Ella me inoculó el virus del poder, nada ni nadie importan, salvo tu madre claro. lo que importa es el poder hijo querido, ya sabes que tu madre te quiere mucho, anda tómate el desayuno que se te va a quedar frío.
Lo que a mi me atraía era eso de pasear medio borracho a las tantas de la madrugada entre los parterres del campus en Oxford tras una fiesta, rodeado de futuros líderes de las naciones importantes, grandes empresarios, tiburones hambrientos; no sabía que había tantos ni que muchos de ellos no valían casi para hacer la o con un canuto. Y qué decir de verme a mí mismo con las manos sudorosas e impregnadas de esa masilla para sellar cañerías, mientras la señora de la casa me miraba trabajar severamente, y yo viendo sus piernas mal depiladas, sus varices incipientes, sus medias baratas y desgastadas. No way!
Lo aproveché bien, me digo en voz alta. Hice mis primeros negocios allí mismo. Había pasado ya el primer boom de Internet, y nadie apostaba ya entonces por este nuevo El Dorado. Pero a mi me hervía la sangre y el cerebro. No podía parar, pensaba ‘tras la tempestad viene la calma, y ese es el momento de echar las redes para pescar’, cuando casi todos los incautos están arruinados o reparando sus barcos de pesca sacados a destiempo. Lo vi claro, lo hice, una tontería, tiendas de ropa virtuales en las que comprar cualquier tipo de ropa lista para llevar, cada cual con su cuerpo virtual predefinido por él mismo. Cada prenda elegida y diseñada por el comprador mismo, a partir de patrones básicos de base. Todo perfectamente adaptable, todo con garantía de devolución en el acto, arreglos incluidos en el precio.
Nadie creyó en mí, allí en la pequeña Inglaterra culta y financiera. Hice más de un millón, ¡de libras!, en el primer año. Y lo vendí en el momento adecuado, antes de salir de la universidad, quintupliqué el valor inicial. Con 23 años era ya un autentico snob, un joven aspirante a todo. Me faltaba pulirme un poco en ingeniería financiera. Pero esta vez pagué a los mejores asesores y maestros, en mi propio castillo del sur de Francia.
Lo había descubierto. El nuevo El Dorado era el viejo territorio de siempre, las finanzas, trabajar solo por el valor del dinero, jugar con el significado de lo material, no con su realidad, progresión geométrica no sumas, inventar las reglas del intercambio no pasar por ellas, en definitiva, mantener la ilusión en los demás de que el valor del trabajo es sacrosanto, la productividad, los impuestos, las leyes, los legisladores.
Y… para saltármelo todo por supuesto, de algoritmo en algoritmo, financiero claro.
¿Qué está diciendo Colette, tú entiendes algo?
Déjale Severin, lleva así desde que entró en el hospital la última vez, hace tres semanas
¿Pero no es la primera?, se le ve joven aún
No, ya ha venido muchas veces, es un habitual en estos últimos años. Tu sigue llamándole le Croc, es lo que le gusta. Aquí lo conoce todo el mundo, y como alguien paga, le dejamos hablar solo si es lo que quiere hacer. Lo que pide se le da.
Excepto si nos pide a nosotras, ¿no?
El silencio fue la mejor respuesta de Colette.
Monsieur Le Croc, por favor, tenemos que limpiarle las costuras (fingió Colette), para que no quede la más mínima señal, ya lo sabe. Prepárese por favor.
Sigue hablando:
Aquella fue la única empresa productiva, sensu stricto, que he creado. Mi pistoletazo de salida a ese otro mundo que muy pocos conocen bien, la ingeniería financiera. Entiendo todo este guirigay que se monta con los mal llamados ‘cracks’ financieros. Al fin y al cabo yo y cuatro más lo hacemos posible. Estoy seguro de que si los analistas y demás líderes de opinión de pacotilla que viven de dar sus pésimas conclusiones en los medios, mis medios, supieran realmente cómo se monta un desastre financiero mundial, dedicarían más tiempo a sus familias y amantes y menos a hacer el ridículo. Aunque me satisface tanto ver que hacen y dicen lo que necesitamos que digan y hagan, sin saber si quiera que estén dirigidos. Estamos, estoy, más cerca de dios, bueno de lucifer, que cualquier cirujano. Yo manejo los hilos, de los enfermos y de los sanos, de los creyentes en dios y de los creyentes en la ciencia. Solo unos poquitos se me escapan, pero no pintan nada, gritan para la nada en el desierto. Quien les va a creer, y a seguir. Y si algún día consiguen seguidores, ese día serán nuestros, míos, los introduciré en el sistema. Nada escapa a los hilos de este teatro de títeres que son las finanzas, y…. si algo sale mal, lo pagan otros, eso es lo más interesante.
La atención de Paco Rolén volvió a dispersarse. Otra vez una mirada furtiva hacia el techo, a alguna parte y a ninguna. Creyó ver, notar, un punto negro en el espacio, que se movía con voluntad propia. Cada vez que intentaba fijarlo en su retina desaparecía del foco. Nada le molestaba más que no controlarlo, creer ver y no ver, querer coger y cerrar la mano en vacío. Las enfermeras se habían ido silenciosamente. Colette sabía que los días en que Rolén tenía tanta verborrea imaginaria, era mejor esperar un poco. Más tarde volverían y ya estaría medio calmado, semi inconsciente, y podrían hacer su trabajo con eficacia. Las heridas y las suturas habían sido más abundantes esta vez. Había más riesgo de infección.
En voz algo más débil, casi sin fuerza tonal:
Inflación, deflación, qué hermosos conceptos! Qué absurdos, y cuánto daño pueden generar, cuanto control, cuanto miedo. Llevo años intentando colocar este mensaje en la opinión pública, me hubiera venido bien para hacerlo más suave. Si la gente, o al menos algunos ‘líderes de opinión’ hubieran seguido mis ‘cuñas’ publicitarias sobre lo falso de todo esto, el sistema económico tradicional liberal habría aguantado un poco más en este mundo occidental que se derrumba. Pero otros como yo no querían salvarlo, les bastaba con empujarlo al abismo en un territorio, demasiado culto de media, para recrearlo en otro sitio más, digamos, manejable y prometedor, en América Latina y en Oriente. Control, control, poder y más poder; ‘más’ es la palabra, más y más. Para menos gente, para los menos posibles.
En la calle los primeros avisos de insurrección y desobediencia civil habían salido del horno en algunas páginas web. Nadie sabía si aquello iba a prosperar, pero era evidente que algo podía cambiar en ese año que comenzaba. Había demasiados nuevos pobres que pocos meses antes eran casi nuevos ricos, eso creían, insulsos. En seguida llegarían las manifestaciones, y un extraño movimiento que llamaron eufemísticamente, de los indignados. ¿Quién no lo estaría? Yo también lo estoy, ¿qué pasa con la ciencia, que nos promete el cielo, comprender el universo nada menos, vencer a la muerte, rejuvenecer? Esa arruga vuelve a salir una y otra vez.
Me hago preguntas, ¿y si todo este follón de la economía no es más que una trampa, algo planeado, no una consecuencia sino una decisión, una táctica, un plan? ¿y si los ricos se han cansado de que cualquiera pueda aspirar a casi ser rico, a vestir casi como ellos, a ir a los sitios casi de moda que casi van ellos, de los que son dueños, sin casi, a recibir los mismos tratamientos de casi rejuvenecimiento, de casi belleza, de relax a medias, de actividad inversora de medio pelo, a llevar casi los coches que ellos también desean y llevan? ¿y puede que se hayan cansado de que los hayan descubierto? ¿Y puede ser que sus hijos que han estudiado en Oxford, Yale, Kellogg, se hayan cansado de sus padres, y han intentado hacerles una jugarreta financiera de la madre del cordero, que ni ellos entienden del todo, y ahora están en alguna playa de una de sus islas tropicales privadas en una gran fiesta de yates y drogas y sin cobertura? ¿Podría ser, entonces, que los políticos fueran en realidad actores, a las ordenes de un director de obra multinacional, dueño de muchas grandes superficies comerciales, que ahora les moviera los hilos hacia el frenazo, el batacazo, la ducha ácida de la realidad del nunca fuisteis nada aunque os dejáramos llevar un poco el timón del control y del poder? ¿y si yo no soy quien creo ser, no me llamo así, Franz Dragón, y no estoy mirando por esta ventana con barrotes blancos después de una noche movida, entre sirenas de policía y ambulancias de urgencias sociales, luces de linternas, voces entrecortadas de transmisores de banda corta? ¿y si esto que tengo debajo de la lengua no es una pastilla blanca y otra amarilla, con un letrerito, una palabra rara de esas que hay en las farmacias que no he alcanzado a ver cuando la chica vestida de blanco me lo ha dado con un vasito de agua al lado en una bandejita? ¿y si me las hubiera tragado en vez de escupirlas, y estuviera en otro sitio, en el lugar de los sueños eternos y la vigilia extraña y lejana? ¿era una persona aquello que vi flotando en el estanque, era una chica y era la chica que me pareció, la periodista, la que habló conmigo cuando intentaba establecer el plan de escritura de mi tesis doctoral sobre las nuevas formas de control social a través del flujo informativo codificado?¿y si no estoy pensando esto y lo que estoy es escribiéndolo en un ordenador portátil que me han dejado para que pueda aportar alguna prueba en mi descargo, según mi abogado algo crucial, porque parece ser que me han acusado de asesinato en primer grado?¿y si ya me he tomado la pastilla y esto rojo que veo sobre el suelo blanco no es líquido, no es mío, no es?¿y si no oí a aquel hombre gris en un traje gris con abrigo gris decir que era perfecto, que mi borrachera les encajaba perfectamente, que esa media en mi bolsillo sería fundamental como prueba, que conocía a la víctima, que me había llamado un rato antes para citarme en el retiro, que podría ser su confidente, y que el hombre también allí muerto era un delator que ponía en peligro mi vida de inmigrante camuflado de estudiante en España, conectado con células del terror internacionales?¿y si estoy durmiéndome, esto no es otra cosa que una fantasía soñada, al tener la radio puesta e ir ligando palabras de fuera de mi cabeza con las de dentro, e imágenes extrañas y voces de conspiraciones increíbles? ¿es así el momento final, y si fuera menos directo, menos atractivo, como lento y doloroso, tortuoso, lleno de temor y pánico por lo que otro hombre es capaz de hacer con el cuerpo de uno mismo?¿ese olor soy yo, esa acidez, esos fluidos, ese abandono mental de brazos y piernas ya rotos y esos desgarros?¿y si estoy ya en otra dimensión espiritual, eso que llaman el cielo o el infierno y todo consiste en realidad en hacerse preguntas y nadie nunca puede responder? ¿Y si no soy quien digo ser?
– Es una pena Smith, no ha aguantado suficiente
– Si Smith, parecía más duro, pero realmente creo que no sabía nada más relevante. No era un peligro.
– No lo creo, te cubriré en tu informe.
– Vamos a tomar algo, este olor a desesperación se te mete en la piel y no lo soporto. Necesito una ducha y una botella de Lagavulin de 20 años.
– No te llega la paga extra de este mes, sargento. Tendrás que hacer uno o dos encarguitos más
– Mierda de vida, Smith.
– Sí.
Collete corría por los pasillos del hospital, la alarma en su busca sonaba sin parar. Sabía que no llegaría pero lo intentaba. No era el primer caso, siempre era más o menos así. Un delirio intermitente, discursos cada vez más inconexos, fantásticos, fascinantes. Y en este caso siempre frente al espejo. Francisco Rolén, un buen hombre seguramente, ella lo intuía porque ya había ingresado en un estado muy avanzado de psicosis maniaco depresiva, con fuertes componentes auto-persecutorios. ¿Quién podría comunicar con él? Mientras corría se acordaba de trozos de sus historias, su fantasía snob, su imaginario de hombre de negocios y tiburón financiero, sus historias secretas de haber matado y haber sido perseguido, de ser una pieza clave del entramado del poder. Según sus familiares fue todo lo más un pequeño especulador sin experiencia, que compró locales y pisos a créditos imposibles de recuperar por el banco, que aun sabiéndolo se los vendió baratos. En unos años todo se vino abajo. Dicen que Rolén, cuando vinieron a embargarlo, se agarraba a su BMW serie 8 como si le llevara el diablo. En el salpicadero unas fotos de la familia en un portafotos propio de un conductor de camión, y en la tobera del aire un ambientador ‘aroma de rosas’.
Cuando llegó a la habitación sangraba por la boca, y por más orificios de su cuerpo. Era extraño, pensó Colette, nunca se había fijado en su espalda; parecía quemada, como por un fuego intenso y rápido, quizás de algún liquido inflamable. Llamó al médico de guardia para confirmar la muerte. Pensó ¿Quién conoce en realidad a otro ser humano?
Ese día, en las noticias salía un rostro hermoso, perfecto, nórdico… sus manos esposadas, entrando en un coche policial. La locución explicaba que un ultracatólico ‘presuntamente’ había matado a decenas de personas a tiros tras, ‘presuntamente’, poner una bomba en el centro de la ciudad que mató a varios ciudadanos más. Dios no estaba ganando.
Nota final:
Soy yo, me llamo Franz Ferdinand, mi cara no me parece la misma, pero me siento yo, al menos uno de mis yoes. Creo que en este centro no se han dado cuenta de con quién están tratando. Yo les haré saber.
_______J.A.G.
... un ambientador 'aroma de rosas'
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