Quienes se interesan por ANTELESPEJO estoy seguro de que marcarán este artículo entre los ‘imprescindibles’. Cuando terminen de leerlo, espero también que se tomen la molestia de difundirlo entre sus amigos y conocidos. Tengo suficiente confianza con el autor para hacer esa propuesta sin preguntárselo siquiera.
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«Ayer mismo varios amigos bien informados me lo han advertido: estamos en el umbral de la catástrofe. Como no soy adivino, no puedo confirmar estos asertos mediante un conjuro. A menos que, a su modo, no sea un conjuro el pequeño juego mental que, desde hace algún tiempo, intento cada vez que alguien me dice que se avecina la catástrofe. El juego es éste. La catástrofe ha sucedido, y debo decidir qué cosas conservar y a cuáles renunciar. Casa, ropa, medios de locomoción, electrónica, vacaciones, viajes, objetos, cultura, costumbres. Un engorroso inventario, cuyo solo enunciado ya sugiere que debo aligerarme. Pero cuando se trata de elegir –esto sí, esto no- me encuentro incapaz, o bien cambio de idea cada vez. Entre las muchas cosas que poseemos, no poseemos ya una jerarquía del tener, y lo necesario y lo superfluo se mezclan en una maraña inextricable. A mí me tranquilizaría –en caso de catástrofe- tener lista mi maleta de supervivencia: salvándola del hundimiento podría volver a probar suerte. Pero si para sobrevivir uno necesita al menos un contenedor, eso significa que está lastrado. Paralizado. Rehén de sus necesidades. Pruebe usted este juego. Quizá le sirva para conocerse mejor. Quizá –cuando la catástrofe llegue de verdad- será usted lo bastante ligero como para intentar la fuga.»
El escritor italiano Michele Serra publicaba esta irónica reflexión sobre todos nosotros en el diario milanés La Repubblica el 23 de septiembre último. La catástrofe está en el aire, y los que la anuncian son ya etiquetados rutinariamente como catastrofistas. Pero a diferencia de otros augurios sobre el fin del mundo, éste viene basado en sólidos datos científicos. ¿Son los científicos catastrofistas por definición? ¿No lo serán más bien sus datos? Veamos algunos de éstos. A pesar de la crisis económica, que afortunadamente ha frenado la producción industrial, las emisiones de CO2 establecieron un nuevo récord en 2010, cuando regamos la atmósfera con más de 30.000 millones de toneladas de este gas de efecto invernadero. En paralelo, desde 1997 se han producido 13 de los 15 años más cálidos de la historia de la Climatología. No es extraño, por tanto, que el hielo que cubre el Océano Ártico se esté reduciendo aún más deprisa de lo que predecían los modelos climáticos más pesimistas: el verano de 2010 registró un mínimo de 4,8 millones de kilómetros cuadrados. En el de 1950, cuando se hizo la primera medición precisa, la superficie cubierta era de 8,2 millones de km2. Esta reducción a poco más de la mitad era la prevista para 2035 en el cálculo más temible de los climatólogos.
La desaparición del hielo tiene varias consecuencias negativas para el planeta. En primer lugar, la superficie marina absorbe más calor que el hielo, lo que implica una aceleración del cambio climático. En segundo término, la fauna ártica (no sólo los osos polares) está sufriendo un brutal cambio de escenario. El tercer problema es el más serio: un nuevo océano navegable es un atractivo irresistible para Homo œconomicus. Rusia, Estados Unidos y Noruega se disponen a explotar las gigantescas reservas de hidrocarburos (gas, sobre todo) almacenadas en el fondo del Ártico. Llama especialmente la atención el caso del país escandinavo, tradicionalmente preocupado por el medio ambiente, que sin embargo no parece haber tenido problemas de conciencia para firmar un acuerdo de explotación conjunta con Rusia. Todo el asunto es al menos tan irónico como el artículo de Serra, ya que es la alteración climática causada por la industrialización la que permitirá explotar unos recursos que contribuirán a acelerar la catástrofe climática. Esta aceleración puede llevarnos a cruzar un umbral crítico: el deshielo masivo del suelo helado (permafrost) de Siberia y el norte canadiense, que contiene cantidades ingentes de metano, un gas cuyo efecto de invernadero es 25 veces más potente que el del CO2. En un artículo publicado el 1 de diciembre en la revista Nature, 41 expertos en suelos árticos nos alertan de que este proceso ya ha comenzado, con el agravante de que tanto su velocidad como el volumen de gases que será emitido son una incógnita.
¿No pueden los científicos traernos alguna buena noticia? Por ejemplo, el auge de las energías alternativas. Su contribución conjunta global es ahora del 13%, y podría alcanzar el 18% en la próxima década. No es una cifra decisiva, pero sí desde luego estimable. El problema es que esos porcentajes esconden una realidad desagradable: que el consumo de hidrocarburos, y con él el efecto de invernadero, no cesa de crecer. Eso significa que no estamos usando las energías limpias como sustitutivos de las sucias, sino como un suplemento con el que seguir alimentando nuestro insaciable apetito de energía. Que, no lo olvidemos, se produce con el telón de fondo de una demografía desbocada: la población del planeta se ha duplicado en sólo 50 años.
El problema climático tiene otras muchas caras, como meteorologías extremas, acidificación de la hidrosfera, colapso de la biodiversidad, elevación del nivel del mar o problemas graves en el suministro de agua. Sólo enunciar cada tema requeriría demasiado espacio y no añadiría mucho a la cuestión de fondo, que se puede resumir en una simple pregunta: ¿Estamos a tiempo de evitar la catástrofe? Para algunos (entre los que James Lovelock, el creador de la teoría Gaia, es el más conocido) no sólo el clima, sino la civilización moderna en su conjunto, ha descarrilado de forma irreversible. Ecologistas con peso político como Bill McKibben proponen de nuevo el Crecimiento Cero, la vieja receta del Club de Roma; y algunos sociólogos como Carlos Taibo ven en una marcha atrás económica (la Desindustrialización) la única salida al atolladero en el que la Humanidad se ha metido persiguiendo el objetivo aparentemente honesto de mejorar su nivel de vida.
Entre los que sugieren soluciones concretas sin cambiar radicalmente el modelo de sociedad, mi favorito es el climatólogo de la NASA James Hansen, el primer científico que dio la voz de alarma sobre la actual deriva climática. En un libro apasionante desde su título (Storms of my grandchildren) hasta la última página, Hansen pone al menos dos condiciones para nuestra supervivencia: primera, cierre inmediato de todas las minas de carbón (y, por tanto, de todas las centrales térmicas alimentadas con este combustible); y segunda, abandonar la prospección de nuevos yacimientos de gas y petróleo. Ésta es la “maleta de supervivencia” de la persona que más sabe sobre el clima del planeta. Si contrastamos estas ideas con la realidad, veremos sin esfuerzo que el laberinto no tiene salida. La realidad se llama Durban, donde cada país, –como en anteriores reuniones internacionales–, antepuso sus intereses sobre los del planeta; o la inauguración de nuevas centrales térmicas de carbón en China; o las continuas llamadas a superar la crisis económica, a sabiendas de que ello supondrá acelerar el invernadero artificial en el que ya vivimos. Evidentemente, la maleta del Dr. Hansen es demasiado pesada para Homo sapiens, una especie que no ha estado a la altura de las circunstancias.
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F.A.V.
las emisiones de CO2 establecieron un nuevo récord en 2010
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