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   En la oscuridad

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por Rita    
>>> Madrid / Hamburg — dic. feb. 2011/12—     


 

    Cuando Rita puso en mi correo la narración que sigue me dijo entre otras cosas:
    Escribí esta historia hace un par de meses para un trabajo de la uni… a lo mejor te gustaría leerla. […] según mi profe es de novela negra, yo pensaba que iba más por la distopía...
    Es probable que los visitantes y clientes de ANTELESPEJO estén familiarizados con las referencias orwellianas, y por tanto con la distopía. Si es así, cuando terminen de leer esta narración, llevarán ventaja para decidir quien afinó más en la calificación del género literario: Rita o su profe. Sin embargo, eso carece de importancia. De inmediato quedaran capturados por las peripecias de la ‘historia’, y esa evasión temporal a otra ‘realidad’ es, en definitiva, lo que cuenta para el lector de ficciones.
    En nombre de todos, mil gracias por el regalo, Rita.firma
 



ecuerdo el jazmín de su puerta, el zapato graciosamente tirado en el baño, su risa muda, el pelo desordenado… todos esos detalles extraordinarios que la definen están a punto de desvanecerse bajo una canción de muerte. La observo tararear mientras lleva la cuerda a la habitación; es gruesa y áspera para que el efecto sea más devastador. La silla la coge después, elige un enclenque taburete de la cocina del cual la vi una vez caerse al tratar de abrir un armario alto, fuera de su alcance. Se había echado demasiado adelante y el taburete se tambaleó e inclinó a un lado. Ciertamente fue más penoso que cómico ver cómo se torcía el tobillo y se rompía medio diente. Pero esto ocurrió mucho antes de conocerla; vi el altercado de casualidad, al revisar su vida entera. Ya ha colocado el taburete en el lugar correcto, bajo una viga de madera del techo que lo recorre de pared a pared. Esa viga me trae a la memoria las noches de insomnio tendido junto a ella, acompañando su dulce sueño, mientras observaba incansable aquel trozo de madera claro y brillante, y esperaba, taciturno, el momento en que caería rendido de cansancio extremo. Sube al taburete con cautela, sin dejar de tararear y ata uno de los extremos de la cuerda a la madera. La anuda tan fuertemente que escucho los raspones que le produce el contacto de la cuerda en las manos. Después salta del taburete y observo sus palmas, enrojecidas y un poco sangrantes; está jugando a ponerme nervioso. El extremo que queda colgando, lo anuda formando un anillo. Una vez me contó que su tío había sido marino y de pequeña le enseñó toda clase de nudos. Así que, en menos de un minuto, la soga está lista y perfectamente colocada. Echa un rápido vistazo en derredor. Quiere comprobar que no falta nada, ni nadie. Me mira de repente. Sabe que estoy aquí, en la oscuridad, y que la observo pacientemente. Sube de nuevo a la silla y pasa sin pensárselo la soga por la cabeza. La ajusta al cuello sin dejar de mirarme; sabe que no lo me trago. Qué va. No. Simplemente no lo hará. No es una mujer tan valiente, nunca toma decisiones impulsivas. Ella es cabal, coherente, ama la vida… Abre su boca grande y perfecta y afirma con rabia:
     –Herbert Hönig, te odio.
     Acto seguido empuja la silla violentamente.

amburgo es una ciudad fascinante donde encontrará ambientes y lugares de muy diversa índole; un animado puerto y un centro urbano tan elegante como desenfrenado.
 –Te gustará –aseguró Markus sonriente mientras me tendía un folleto publicitario de la ciudad–. Yo estuve viviendo un año y te aseguro que no es para tanto. La ciudad es algo más cara que Berlín y no tan cosmopolita. La mayoría de los barrios son tranquilos y la gente es muy del «rollo Oeste», ya sabes –guiñó un ojo–, sólo los que hemos pasado parte de nuestra vida en la Alemania oriental, sabemos lo que eso significa; pero tiene muchos espacios verdes, mujeres bonitas y bien vestidas, hinchas del Sankt Pauli hasta las trancas de cerveza Astra y zonas inciertas como la Speicherstadt. Este será tu centro de operaciones. Es un lugar tan concurrido como silencioso.  A veces es incluso peor que el puerto de Nápoles –vaya un morboso, ¡ni que fuéramos camorristas!–. Pero, una vez te acostumbras, le pillas el gusto. Todos los días ocurren cosas insólitas.
     Tras esa conversación aún me despedí de Berlín con cierta amargura. Hamburgo, la ciudad verde, no era exactamente lo que esperaba, pero había que reconocer que tenía encanto. El puerto y el barrio de Altona en general, eran los lugares en los que me sentía más a gusto. En especial los domingos de madrugada en el Fischmarkt que se montaba durante el verano, en el cual uno podía desayunar chocolate caliente mientras compraba pescado a las cinco de la mañana: todo un lujo para los enfermos de insomnio. Pero el verano acabó pronto. A finales de agosto la ciudad tornó repentinamente fría y austera. El verdor desapareció y, enseguida, una capa blanca inundaba las calles, cuando no la fea y grisácea lluvia. Comencé a no salir de casa más que para acudir al trabajo y comprar víveres para mi ermitaña existencia. Achacaba mis males al duro y frívolo empleo que desempeñaba, pero, en el fondo, sabía que, desde la tormentosa muerte de mi madre, todo aquello lo tenía muy superado. No, el problema que torturaba mi cabeza era el gran nihilismo social que anegaba nuestro pensamiento. Una depresión que me deterioraba lentamente. Pasaron dos años de soledad y pesadumbre, pues Hamburgo no fue capaz de aligerar mi pesada carga. Hasta que, un buen día, mi compañero de despacho y yo decidimos intercambiarnos las pantallas para hacer la gracia y, haciendo turno de noche, la vi.
     La conocí en su baño. Llegaba a casa aquella madrugada soliviantada por asuntos que no averigüé. Pero poco importaba. Su cansancio y hastío eran extremos. Tras tirar con desdén las llaves, el bolso y el abrigo al sofá, fue directa al baño y se sentó en el váter con desagrado, notando el frío material bajo sus muslos. Sin darse cuenta, se quitó un zapato y lo arrojó sin mirar; el segundo lo sacó cuidadosamente de su pie y lo sostuvo en la mano unos instantes, despistada. Supe que se estaba preguntando dónde demonios se encontraba el primero, el cual esperaba hallar en su otra mano. Entonces, todavía sentada, echó una ojeada y lo encontró en la pared del fondo semi apoyado en el suelo, con la suela del tacón puesta en vertical, arrimada a la pared, y la punta luchando –dentro de su inmovilidad– por estabilizarse. La imagen se le antojó tan humana y original que rió de buena gana, olvidando sus problemas. Su risa aniñada y dulce despertó mi curiosidad y comencé a fijarme en ella. Se llamaba Josephine. Trabajaba como abogada en un pequeño e improvisado bufete al cual se había incorporado hacía poco, según revisé en sus datos. Pero muy pronto promocionó, dejando atrás a gente más experimentada, lo que provocó la envidia de algunos compañeros. A ella, sin embargo, no le importó. Tenía la seguridad de haber jugado limpio en todo momento; era neutral y objetiva en sus casos y por eso ascendía antes. Por las tardes, al salir del trabajo, acudía al imbiss de la Sternschanze y se merendaba una patata cocida rellena de verduras y salsas, un plato turco. Después solía pasear por el parque o revolotear entre las tiendas de las calles cercanas. Hacia las seis y media, no queriendo regresar todavía a casa, procuraba quedar con sus amigas. Alguna que otra vez se citaba también con hombres, pero no eran más que amigos o su hermano menor Michael. Por lo tanto, faltaba por averiguar si en realidad era lesbiana o si se había aferrado a una posición feminista debido a algún hecho determinante en su vida. Pero mis investigaciones no lograron dar con nada relevante.

oco a poco, Josephine acabó por convertirse en la razón de mi existencia. Conseguía que el resto de barbaridades que debía vigilar con extrema neutralidad las tomara como meros actos televisivos. Tanto fue así, que incluso olvidaba con frecuencia apuntar los hechos notables del día de cada una de mis vidas. Y mis superiores lo notaron:
     –Señor Hönig, hemos percibido un manifiesto descenso de su productividad.
     Mi remilgado jefe, Thomas Reinhardt, muy pagado de sí mismo, exhibía un vocabulario pedante y absurdo.
     –Señor Reinhardt, le ruego disculpe mi bajo rendimiento. He sufrido una serie de altibajos debido a dificultades personales y…
     –Ya resueltas, espero –Le molestaba enormemente que me burlara poniéndome a su altura y hacía lo posible por impedírmelo.
     –Eh… sí, sí. No le quepa duda. Por ello, quisiera que me brindara otra oportunidad puesto que este trabajo me aporta gran satisfacción al poder ilustrar el comportamiento humano, del cual aprendo considerablemente.
     –Su labor aquí no consiste en la optimización de su aprendizaje, señor Hönig, puntualizó con seriedad. Usted no es psicólogo ni antropólogo, ni lo hemos contratado para asumir la actividad de dichos especialistas. Usted es historiador. Usted analiza la vida y el fenecimiento de la humanidad al completo. Piense globalmente –Y abrió las manos en abanico–. Piense en el futuro. Piense, una vez más, señor Hönig, piense –y enfatizó esta última palabra con descarada arrogancia– en el presente como pasado; en nuestras vidas como eslabones de una cadena interminable de sucesos, de los cuales, los más remarcables pasarán a los anales de la historia. Este trabajo que está desempeñando se llama progreso. Piense en ello, por favor.
Y como colofón del repugnante discurso, mostró una sonrisa que trataba de ser cómplice. Naturalmente, la empatía quedaba muy lejos de su alcance.
–Le voy a dar una oportunidad más, señor Hönig. Sé que es un veterano de nuestras filas y quiero pensar que puedo confiar en usted. Pero debe demostrarme que ya no hay rastro de conflictos internos, ¿de acuerdo?
Me tendió la mano y se la estreché de forma convincente. Me di la vuelta, afligido, pues había conservado el trabajo pero debía olvidarme de mi clandestina y obsesiva afición. Un momento. Tuve una inmediata, brillante y descerebrada idea:
–Señor Reinhardt. Antes de marcharme, y sin ser pretencioso, quisiera sugerirle una posible solución al contratiempo de la baja en el barrio de Blankenese –Reinhardt escuchó desconcertado–. Sé de una joven abogada que cuenta con sobradas dotes para el análisis exhaustivo, la valoración objetiva y el juicio práctico. Ella podría ocupar la vacante.
Y contra toda suposición congruente, aceptó meditar la oferta y tal vez leer su currículum. Así que me puse manos a la obra. Gracias a los minuciosos análisis de las pantallas y a disfraces, tengo que reconocer, poco convincentes, conseguí que echaran a Josephine del bufete debido a un descuido imperdonable. Y, por otro lado, que su currículum fuera a caer en manos de Reinhardt, habiendo sufrido retoques previos. Al pedante remilgado le convenció la joven, y al día siguiente, una vez superada la fase del llanto desconsolado y los tropecientos botes de helado, mi pequeña Jose aceptó la carta de propuesta para una entrevista en una desconocida empresa que no aparecía en Google. El 21 de octubre de 2015 se presentó en la sede de Rhoterbaum vestida de manera sobria pero atractiva, con un maquillaje discreto. Llegué corriendo al ascensor justo para entrar los dos de forma casual. Nuestros dedos índices tropezaron al ir a apretar el mismo botón.
–Disculpe –vocalicé azorado.
Ella sonrió ampliamente, sin apartar su dedo del botón, y dejé que lo pulsara. Una mujer decidida hasta para ser la primera en apretar un botón. Me encantaba. La tercera planta estaba diseñada exclusivamente para entrevistas y tareas triviales, como fotocopiar un informe. Aunque debía dar la impresión de ser una pequeña y humilde oficina repleta de trabajadores atareados. Josephine salió antes que yo del ascensor y se dirigió al despacho 21, cuya placa rezaba: «Thomas Reinhardt, director de RRHH». Era mentira. No existía ningún departamento de recursos humanos sino que eran los propios jefes quienes entrevistaban, pero no se ponía de manifiesto para no levantar sospechas. La vi entrar y yo me metí en la puerta 18, allí había una televisión que permitía acceder a las cámaras de cualquier despacho del edificio. Pulsé 3-21. Allí estaba mi pequeña.
–Señorita Schulz, mi nombre es Thomas Reinhardt. Sea bienvenida a Proyecto 3001. Se estará preguntando cómo es que la hemos citado si ni siquiera usted había solicitado venir. Verá. Nuestra empresa tiene acceso al listado de los trabajadores sobresalientes de Hamburgo y figura usted entre los cien primeros. Hemos hecho una minuciosa selección y he de admitir que su currículum es… francamente espléndido. De modo que obviaremos la tópica entrevista, pertinente en estos casos. Sin embargo, me agradaría charlar con usted un rato para ir conociéndola. Dígame, ¿cuáles son, en su opinión, los requisitos para un trabajo perfecto?
–Eh… –titubeó confusa– supongo que… tener flexibilidad de horarios, horas extras remuneradas, sueldo base de al menos novecientos o mil euros, vacaciones…
–Continúe, continúe, ¡no se corte! –exclamó entusiasmado.
–Vacaciones… ¿largas? Disponibilidad de promocionarse, ambiente laboral relajado…
–¡Perfecto! Usted estaba destinada a este trabajo. ¿Qué le parece… si le ofrezco un contrato de dos mil euros de sueldo base, más otros mil por objetivos; mes y medio de vacaciones al año, posibilidad de ascenso, horario de ocho a cuatro y media de la tarde y ni una sola hora extra?
Josephine se quedó perpleja, buscando dónde estaría la trampa.
–¿Y cuál sería mi cometido?
–Examinadora de las cámaras de seguridad del exterior e interior de viviendas.
–¿Examinadora? Es como… ¿ser vigilante de seguridad?
–No exactamente. Usted deberá no sólo observar a las personas, sino tomar datos de sus actividades más relevantes. Llámelo hacer un «trabajo de campo», si quiere.
–¿Y para qué sirve eso?
–Para enriquecer la historia de la humanidad –sonrió enigmáticamente.
Josephine no supo cómo reaccionar, lo que Reinhardt aprovechó para concluir:
–Perfecto. Contratada. Los primeros seis meses son de prueba. Empieza mañana.

osephine acudió al día siguiente a la cuarta planta de la misma sede. Sus compañeros Steven, el inglesito melindroso, y Karen, la americana con menos escrúpulos del mundo, le enseñaron lo principal y en qué tenía que fijarse a la hora de elaborar un perfil detallado de las vidas a examinar. Blankenese, barrio de casas y coches exclusivos, se destacaba por el carácter dramático y superficial de todos sus habitantes y por una sonrisa constante e hipócrita, vacía de significado. Mientras la joven trataba de hacerse amiga de aquel trabajo, a pesar de no comprender muy bien su cometido, yo intentaba hacerme amigo de ella, al principio con vagos resultados. Pero más tarde, acabó por confiar en mí. Era fácil, puesto que me sabía de memoria todo aquello que le agradaba o no le gustaba en absoluto. A los tres meses, me armé de valor y la invité a cenar a casa. Fue fantástico: entre copas y música envolvente, terminamos abrazados en el sofá. Josephine, mi treintañera rubia y carismática, sería al fin mi novia.
Una alegre mañana de marzo, la llevé a mi sede de la Speicherstadt. Ella me había estado preguntando por mi trabajo concreto y, como ya habían pasado los seis meses de prueba en los que se recomendaba guardar celosamente los secretos a los nuevos, para ilustrar sus dudas, la conduje hasta los lugares más truculentos de la pequeña ciudad. La chica pareció horrorizada al contemplar la constante carga y descarga de enormes cajas en camiones silenciosos y el suave zumbido de poleas inmensas puestas en lo alto de los edificios que sacaban más paquetes del interior o los metían por entre los ventanales. Algunos de los paquetes tenían forma de ataúd y al verlo, Jose tiró de mi brazo con aprensión.
–¿De qué va esto? No serán lo que creo que son… ¿verdad?
–Lo que contienen las cajas es la información recogida por todos los operarios de la empresa, como tú y como yo. Las personas de buen corazón y las de no tan bueno, las miserables que se esfuerzan por conseguir un futuro mejor, las aburridas que se dedican a chatear en la oficina, las que decididamente son un despojo de la sociedad y las que nos auguran un buen provenir al resto de la humanidad; todas, están archivadas dentro de esas cajas. Y en las grandes alargadas… pues… están los sacrificios que se deben hacer por el bien de los demás.
Jose descubrió en mi rostro una expresión sumisa, pusilánime y triste a un tiempo.
–¿En qué estás pensando? –preguntó curiosa.
–En los sacrificios… que uno ha de hacer creyendo obrar correctamente. Al cabo del tiempo te das cuenta de que jamás un sacrificio podrá justificarse. Acabas arrastrando eternamente una condena que tú no elegiste pero que deberás disculpar.
–Anda, vamos. Vamos a que me enseñes tu despacho.
Tiró de mí al ver que me había quedado pasmado, atrapado por un bucle indescifrable de pensamientos. Al llegar a mi despacho ocurrió la fatalidad. No recordaba que hacía un par de días había vuelto a cambiar de compañero y este nuevo era el que ahora se encargaba de supervisar la casa y alrededores de Josephine. Yo aún no le había contado que las personas de Blankenese no eran las únicas a las que se debía observar… todavía no conocía la verdad. Entró en el habitáculo y saludó simpática a Michael.
–¡Anda! Se llama usted como mi hermano –exclamó entusiasmada.
–¡Ah! Sí, es verdad, ya le he visto alguna vez por la Schanze con usted.
–¿Cómo? –inquirió suspicaz.
–¿No se lo ha contado Herbert? Pues pensaba que había venido precisamente por eso… para ver su vida como si fuera una película de cine. Yo la primera vez que me vi en estas pantallas, me partí de risa. No me creía tan estúpido y superficial, como el resto de personas a las que analizo, pero… las cosas son así –Se encogió de hombros en actitud teatral.
Sin embargo, dejó de sonreír al darse cuenta de que no le estaba haciendo ninguna gracia. La situación se volvió tan tensa que mi compañero se dio la vuelta y siguió con sus anotaciones. Yo cogí del brazo a Josephine para sacarla de la oficina y explicarle toda la historia, pero ella se soltó bruscamente y declaró que permanecería ahí para ver su vida. Ante su determinación, no pude más que sentarme en mi silla de trabajo, trasladándola al rincón más oscuro de la estancia, y contemplar la escena. Jose esperó de pie a que Michael le mostrara algunas de las escenas seleccionadas de su vida, a petición mía. Mi compañero no tuvo inconveniente, introdujo “Josephine Schulz” en la ventanita de búsqueda de su ordenador y automáticamente surgieron, en las tres primeras pantallas de las veinte que controlaba, escenas de ella con su mejor amiga; ella ganando el caso más importante de su corta carrera como abogada; la noche en que se fumó su primer porro de maría con su antiguo novio; el día en que, teniendo ella ocho años, murió su perrito y los padres le hicieron el entierro más digno que se le pueda dar a un animal; la mañana en que descubrió un ramo de jazmines azules en su puerta –entonces no supo que había sido yo–. Josephine se echó a llorar.
–Entonces ¿estoy siendo observada también? ¿Y por qué? ¿Por qué?
–Pensaba que ya se lo habrían explicado. Absolutamente todo occidente, y parte de oriente, tiene instaladas en todas las viviendas de la gente de clases media y alta unas cámaras imperceptibles que recogen la mayor información posible. Están, además, en todas las calles  de las ciudades grandes. No se considera un abuso a la intimidad puesto que hasta la directora de la empresa tiene cámaras en su casa. Hasta nuestro querido canciller tiene la casa repletita –añadió irónico–. Pero nadie sabe esto a parte de los trabajadores de esta empresa.
–¿Y si yo cogiera y lo sacara todo a la luz? –amenazó queriendo así sobreponerse.
–¡Ni se te pase por la cabeza! –chillé asustado–. No menciones esto ni en broma.
–¿Por qué?
–Si traicionas a la empresa…
Comenzó a decir Michael, pero le callé enseguida. Ambos sabíamos que otros trabajadores como nosotros estaban escuchando y podrían estar comunicando ahora mismo el altercado a sus superiores. Me gustaría saber dónde se encuentran esos empleados del sector interno, les pondría una bomba en la oficina por todo lo que me hicieron a mí y lo que podrían llegar a hacerle a la pobre Jose. Por eso mismo, la conversación no debía trascender.
–Nadie ha dicho nada de traición –traté de calmar el ambiente–. Jose, escúchame. Estás en un momento crítico, acaban de expirar tus seis meses de prueba en la empresa y ya entiendes muy bien el cometido de Proyecto 3001. Se trata de conservar los hechos históricos más importantes desde 2001, que fue cuando se creó la empresa, hasta 3001. Se espera llegar a esta fecha y revelar al mundo los mil años de historia de la civilización humana. Se espera aprender de esta recopilación que los tres millones de trabajadores realizan en esta empresa secreta y, sin embargo, mundial. Piénsalo, estamos por encima de los gobiernos, de la sociedad como la conocemos. Somos el presente, el pasado y el futuro de la humanidad… Somos…
–Yo no quiero ser nada de eso –balbuceó mientras las lágrimas caían de sus mejillas–. Quiero que todo vuelva a ser normal. Quiero ser una abogada feliz e ignorante…
–No, no, Jose, céntrate. Esto es muy importante. En una semana, te citarán para hacer un juramento. Si no acudes, es posible que… que te maten –susurré en su oído.
–¡Me da igual!… ¿Y por qué no supe esto antes, eh? ¿Por qué no me lo habías contado? Eres un mal amigo y un mal novio. Eres… eres… ¡un monstruo!
–No te lo conté porque aún no era el momento, y sabía que, por discreción, no dirías nada. Se te evalúa estos seis primeros meses y después asciendes al realizar el juramento.
–Pues no quiero hacerlo. Me marcho de esta empresa. Y me da igual si me matan.
En aquel instante, las cuarenta pantallas de la sala, tanto las de Michael como las mías, retransmitieron una escena en directo conformada por la unión de todas ellas, en una imagen descomunal, y se vio al hermano de Josephine en su casa, recogiendo la mesa del salón tranquilamente, cuando de repente destrozaron la puerta de la entrada, próxima al salón y entraron tres encapuchados con bates de acero que empezaron a apalear a Michael. Josephine gritó al tiempo que lo hacía su hermano desde la tele gigante. Salió corriendo del despacho sin que me diera tiempo de reaccionar. Ni siquiera pude alcanzarla abajo, en la entrada del edificio. Casualmente pasaba un taxi por allí y ella lo cogió y me cerró la puerta en las narices. El taxi partió como una exhalación. Subí de nuevo a la oficina, puesto que no sabía dónde vivía su hermano. Pedí a Michael que me enseñara el final de la escena: su hermano estaba postrado en el suelo, cubierto de sangre, con la cara deformada y las extremidades rotas, dispuestas grotescamente. No parecía que respirara. Jose entró entonces a la casa, seguida de dos policías y se abalanzó sobre el cuerpo del joven. Los hombres la apartaron cuidadosamente y, mientras uno hacía por calmarla, el otro determinaba que, efectivamente, estaba muerto.
Josephine no volvió al trabajo. Se cambió de teléfono para no contestar mis llamadas. Apagó su móvil y borró de su vida todas aquellas cosas que tuvieran que ver conmigo o con Proyecto 3001. Acudió al entierro de su hermano, el cual, según explicaciones policiales, había sido asesinado por unos vándalos que pretendían robarle los tres mil euros que guardaba bajo su cama. La coartada fue admitida por los amigos más cercanos a Michael, quienes sabían de la existencia del dinero. Jose no habló a nadie de ninguna traición a una empresa secreta, de una venganza a sangre fría por un delito aún no cometido. Se había resignado. «Esta es sólo una advertencia», rezaba una nota que apareció en el suelo de la entrada de su casa. Recordé con horror una escena similar que viví yo hace ocho años, con el asesinato de mi madre.
Ha pasado una semana de eso y continúo sin poder verla. La empresa no me lo permite. Tendrá que volver ella por su propia voluntad. Tendrá que aceptarme de nuevo, como también su nueva vida bajo un secreto tan importante. ¿Lo hará? Según veo a través de las pantallas, no parece muy dispuesta a aceptar nada. No irá a hacer su juramento.
Acaba de salir de casa y se dirige a la ferretería. A los cinco minutos, sale. Lleva una bolsa blanca grande y pesada; en su interior hay un trozo de cuerda, grueso, largo y áspero.

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R.A.E. 



... sabe que estoy aquí, en la oscuridad...    

 

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