[RC-III] |
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«coitusín»
Tenía todavía por delante casi media hora de ocio forzoso hasta que pasase el siguiente tren. Si los huesos duelen, como la gente dice, yo iba a saberlo muy pronto. Pero mi atención no exploraba dolor alguno; aún fantaseaba sobre el nombre de la muchacha que se alejaba monte arriba, corriendo a todo trapo por la trocha... ¿Marian, Moira, Merry...?, ¿cómo la llamó su amigo...?
Sin terminar de ponerme en pie, me di cuenta de que tampoco recordaba su cara, ¿cómo era posible?, habíamos compartido el mismo habitáculo, había cabalgado a mi vera —eso sí, encima de otro hombre—, y yo, si alguien me lo hubiera preguntado, no habría sabido describir su rostro. Mis facultades de observación estaban disminuyendo alarmantemente y, contra toda lógica, eso me preocupaba más en aquel momento que la ridícula y maltrecha situación de mi persona.
La estación de ferrocarril distaba poco menos de un kilómetro de la casa que Borja alquilaba en la sierra durante el verano. De lunes a viernes, todas las mañanas, mi amigo hacía el recorrido a pie. Decía que así se mantenía en forma y que el paseo era un excelente sustituto del gimnasio:
«Fíjate, ahorro tiempo y dinero, y eso, sumado a las ventajas del ferrocarril sobre la carretera, compensa con creces el alquiler».
La fiesta religiosa había acortado la semana laboral un día y con ello se adelantaba también el lechero, el tren cargado de maridos que sólo podían reunirse con su familia los fines de semana. Pero las conocidas apreturas del retorno no empañaban la sensación de libertad que se respiraba a las siete de la mañana de aquel jueves. Tres días de ocio ininterrumpido nos esperaban. Sólo pensar en ello era tan tonificante como respirar el oxígeno de la amanecida. Por el recodo inmediato al último tenderete del apeadero vi asomar la cabezota del tren y al mismo tiempo a Borja, que llegaba exultante y daba su acostumbrado saltito para salvar la barrera que marcaba los límites del andén. Una pareja joven alcanzaba también el lugar a la carrera, tan afanados que no arrollaron a mi amigo por poco. Sin embargo, cuando el tren se detuvo, fueron amables con él y hasta le ayudaron a encaramarse a la escalerilla del vagón. Seguí detrás, y todos nos metimos en el primer departamento que encontramos vacío. Traté de sentarme enfrente de mi amigo, como siempre hacíamos, pero la muchacha me desplazó y ocupó el sitio. La miré entre divertido y mosqueado y luego paré en Borja, quien sin mostrar sorpresa alguna me indicaba con gesto inequívoco que ocupase la plaza junto a él. Después cuchicheó a mi oído lo que debió ser una explicación completa de la situación, pero sólo pude entender que él ya había coincidido otra vez con la pareja, hasta que terminó elevando el tono de voz y pude escuchar alto y claro: «...nada más arranquemos se pondrán a follar sin importarles nuestra presencia». De incredulidad en sobresalto, más que el espectáculo anunciado me sorprendió la palabra grosera en boca de mi amigo. Pero enseguida iba a comprobar lo ajustado de su expresión.
El vagón dio una pequeña sacudida que al parecer sirvió de cronómetro a nuestros acompañantes, porque ella dijo: «Tiene pinta de que no habrá retrasos, así que ya sabes, ¡doce minutos!, dame la goma que te la ponga.»
El chico rebuscó agitadamente en sus bolsillos, dejó caer un llavero y otros objetos menos identificables y después de frases desconocidas para mí, blasfemias contundentes casi seguro, terminó diciendo:
«... o los perdí, o ...», «¿o qué, mamón?, sigue con lo que ibas a decir, —interrumpía ella—, que los gastaste con otra... pero da igual, sólo que peor para ti porque ahora tendrás que hacer coitusín, y de fallar ni se te pase por el coco, ¡qué te la corto!»
La amenaza sería una broma, pero la violencia impresa en los gestos y prisas de la muchacha me puso nervioso, sobre todo porque no tenía idea de lo que podía significar hacer coitusín. Le pregunté a Borja en voz baja, y me respondió sin disimulo:
«Puedes hablar normalmente, no se enterarán de nada aunque el numerito lleve esa novedad, que parece fácil adivinar lo que es. Ahora aplícate, porque nos pedirán que uno se siente a su lado.»
«¿Cómo, —respondí escandalizado—, si me acaban de echar de ahí.»
Borja, sin apear su tono paternal, me informó de que al empezar necesitaban todo el espacio de los asientos para acomodarse bien, pero que luego, una vez que ella abría la falda por delante y se colocaba a horcajadas encima del chico, las plazas a sus dos lados quedaban libres y lo que pretendían era tapar el vano al costado del pasillo para disponer de unos segundos si aparecía el revisor. Iba a decir yo que no estaba dispuesto a soportar la función, ni a servir además de cortina o almohadón, porque el riesgo de esto último era evidente, cuando la muchacha volvió la cabeza y mirándome sin parpadear espetó:
«Ya te puedes poner aquí, donde querías.»
La cosa tenía gracia; ni siquiera me quedaba el recurso de responder con un ¡No! grosero y contundente, porque el sitio que me habían hurtado, un momento antes, me lo devolvían ahora con toda amabilidad. Para colmo, en mi desconcierto, no fui capaz de sostener la mirada de la chica. Tampoco Borja resultó de mucha ayuda. Sospeché que su conocimiento del espectáculo se produjo desde el lugar que ahora iba a ocupar yo en esta nueva representación, que para él era la segunda, por lo menos. Pensándolo bien, mi amigo había ganado perspectiva y por su expresión deduje que se preparaba para disfrutarla. Lo mismo que antes me había indicado el sitio a su lado, ahora hasta me dio un pequeño empujón para animarme al cambio.
La verdad es que desde el costado las imágenes eran pobres. Aun torciendo el cuello un poco, sólo podía ver dos cabezas fundidas por el rostro y medio envueltas en el cabello azabache de la chica. El muchacho manipulaba febrilmente bajo las faldas de ella que lo cubrían desde la cintura, como si fuera una mesa camilla. Pensé que lo mejor sería desentenderse de la escena y entablar conversación con Borja, pero desistí enseguida. En aquellos pocos segundos, el resplandor beatífico del rostro de mi amigo lo delataba instalado en el nirvana del voyeur, dispuesto a disfrutar sin interferencias. Quien salía peor parado de la fiesta era yo. Darme cuenta de ello no era un consuelo, así que decidí recobrar algo de la dignidad perdida y me levanté para cambiar mi asiento por el contiguo a la ventanilla. Desde mi nueva plaza pude ver como el tren se inscribía en una curva cerrada, cóncava a mi visión, y saboreé por unos segundos la olvidada sensación infantil de ser el conductor de la máquina que nos arrastraba. De mi añoranza me sacó un latigazo suave y perfumado. Identifiqué la tralla sin esfuerzo: un escueto sostén malva era lo que reposaba en mi regazo.
Debí de dejar pasar casi un minuto sin ser capaz de reaccionar ni apartar la vista de la prenda. Calculo que ese fue el tiempo que necesité para imaginar lo sucedido, para que una cosa tan delicada hubiera venido a posarse sobre mis rodillas. No era difícil suponer que las maniobras de aproximación al clímax habían llevado al muchacho hacia la urgencia de sentir la piel de su conquista, y aunque el sostén no era la única pieza que estorbaba sus ansias era la más discreta y fácil de eliminar. Sólo habría tenido que soltar el broche posterior, al que llegó entrando por la generosa sisa del vestido de la chica, para luego, de un tirón seco y contundente, romper las hombrerillas. Quedé satisfecho con mis deducciones pero, incapaz de disfrutar de la función como Borja, decidí salir a tomar el aire afuera. Cogí el sostén con cuidado, sin darme prisa y asumiendo que, dadas las circunstancias, podía considerarlo un regalo caído del cielo, es decir, un objeto celestial. Me levanté y alcancé el pasillo de una zancada en un movimiento casi acrobático. Tuve que apañarme para abrir la puerta corredera del recinto y volver a dejarla cerrada, todo en el tiempo y sigilo justos para no distraer la atención de los fornicadores. Terminé mi escapada desplazándome hasta situarme una ventanilla más adelante, y cuando me dispuse a bajar el cristal para disfrutar de la brisa vi que aún llevaba el sostén en la mano. Lo guardé precipitadamente en un bolsillo, al tiempo que disimulaba mi azoramiento volteando con torpeza la manivela que movía el cristal.
El tren había perdido velocidad y frenaba perceptiblemente. Pensé que pararía del todo, pero se quedó en la marcha cansina típica de la entrada a una estación. Consulté mi reloj y vi que no podía ser. Faltaban por lo menos dos minutos para alcanzar el apeadero. Se trataba de alguna avería, de una maniobra de precaución por obras, o de algo parecido. Entonces, vía adelante, creí ver como un hombre, empujando algún bulto o a alguien, lograba subir al tren. El suceso me pareció lo bastante insólito como para comentarlo con Borja. En cualquier caso era un tema de conversación que podría aliviar la sensación de estar de más frente a los contorsionistas. Sin pensármelo dos veces regresé al compartimiento. Dando por asumido que la situación era normal, me senté al lado de mi amigo y engolando un poco la voz dije:
«Acabo de ver como subía una persona al primer vagón..., o quizás fueron dos; policías probablemente...»
Yo mismo me asombré un poco de las inferencias gratuitas con las que había adornado mi modesta e incompleta percepción del suceso. Borja no conectó con mi observación o simplemente no me oyó. La verdad era que la progresión de la función, ya en fase aguda de emisiones acústicas y olfativas, no daba para prestar mucha atención a comentarios triviales. Sin embargo, la muchacha sí pareció recibir una descarga, que por esta vez no le llegó de su partenaire precisamente. Tras un brusco molinete desmontó para quedar sentada al costado de su pareja, exactamente frente a Borja pero emplazándome a mí:
«¿Qué dice usted que ha visto?, ¿de qué maderos habla?, ¿no serían milis, uno gordo...?»
Su compañero no pudo en el primer instante entender nada de lo que pasaba. Sin embargo, aparentemente, a pesar de lo desairado de su postura y sin apreciar todavía la exhibición gratuita que estaba dando de su sexo, trató de tranquilizar a la chica:
«Merry por Buda, ¿qué pasa?, todavía me quedaba tiempo para el coitusín»
Sin hacerle el menor caso, ella continuó tratando de averiguar más detalles de mi observación. Si el tono de sus preguntas había sido estridente, lo que siguió bordeaba la histeria. Traté de calmarla diciéndole que yo no tenía idea de si el hombre o los hombres que vi eran policías o militares, y que para averiguarlo saldría al pasillo e iría a su encuentro caminando hacia la cabecera del tren. Su respuesta fue fulminante:
«A donde vas a ir so gilipollas es al último vagón, delante de mí, y me vas a servir de colchón»
Puede que unos minutos antes esa afirmación me hubiera parecido tentadora, pero a tenor de la nueva situación era una contundente amenaza. La chica se había puesto en pie y trataba de levantarme del asiento agarrándome por la pechera de la sahariana. Como no lo conseguía le gritó a su compañero:
«Tú, so inútil, empújame a este cabrón fuera de aquí..., tiene que saltar antes que yo, y antes de que llegue mi padre»
El chico replicó tartamudeando: «Pe...pepero, si dijiste que el viejo ya no con...contaba, que no iba por casa y que ...»
Ella le cortó enfática:
«Eso qué tiene que ver con que ahora me busque por el tren. Alguien le habrá dicho lo que hacemos ..., a lo mejor este panoli que ya estuvo otra vez sentado ahí».
La última suposición la hizo silabeando entre dientes y acercando su cara a la de mi amigo, sin terminar de soltarme mí. Borja, en una fracción de segundo, mudó su expresión de arrobamiento onanista por la de acusado sin motivo. Balbucía disculpas con voz casi inaudible:
«Yo sólo les vi en otra ocasión y no los conozco de nada, ni a ustedes ni a su padre, ¿cómo iba a ...?»
La chica se burló del miedo que exudaba todo el cuerpo de Borja: «No te cagues hombre, que te creo; además no es a ti a quien voy a tirar del tren.»
Después de reafirmar su perversa intención de disponer de mi persona, las cosas se sucedieron muy de prisa. Su compañero se movilizó: me sacó en vilo del asiento y me puso en el pasillo sin más comentarios. Luego fue ella la que se colocó tras de mí y empujándome por la cintura me obligó a acelerar el paso. Habíamos subido en el penúltimo coche, así que sólo atravesamos un rellano para alcanzar el último. Mientras lo recorríamos a trompicones noté que el tren aminoraba la marcha y reconocí la proximidad del apeadero por el ensanche de la trinchera que despejaba una buena franja del pinar antes de entrar en el andén. Entonces oí lo que la chica ordenaba a su amigo:
«Cuando levante la mano lo empujas para que salte. Yo iré detrás y me parará el golpe».
La señal convenida debió seguir de inmediato, porque sentí la bota de aquel animal en los riñones y me vi catapultado al vacío.
Mi ingenuidad era tanta que todavía esperaba un gesto de disculpa de la chica que ya se perdía de vista en su loca carrera monte arriba. Pero ella ni siquiera volvió la cabeza para ver si yo era capaz de ponerme en pie. Logré levantarme después de una sucesión de movimientos lentos con los que trataba de comprobar si me había roto un hueso. Me pareció que no: la única sensación de que pronto empezaría a dolerme algo la palpé en el hombro izquierdo; eso —y los cortes en la mano—, demostraba que había caído en buena postura. Sólo tenía que preocuparme de una herida algo más profunda que ascendía por la muñeca y sangraba bastante. Al sacar el pañuelo para fajarla, me reencontré con el sostén malva: «Por lo menos perdiste una prenda que va a servirme de venda», grité en voz alta, casi divertido, mirando a la trocha y asustando a los pájaros. Luego, sentado en el pretil de defensa del andén lamiéndome las heridas, esperé al tren escoba, el cercanías de los dormilones que se perdían el rápido.
Cuando encontré a Borja al regresar en el lechero, pensé echarle en cara su inhibición. Sobre todo porque ni siquiera hizo intención de seguirme, ni asomó su medrosa jeta por la ventanilla para saber si realmente me habían tirado de mala manera fuera del tren. Sin embargo decidí jugar a las adivinanzas y lo encaré con una pregunta:
«¿Sabes lo que fue exactamente mi viaje de la mañana?»
Mi amigo se quedó expectante, mudo, imaginando probablemente que lo esperaba una sarta de insultos, de acusaciones que escucharían las personas apiñadas allí, entre las que había más de una cara conocida. Prolongué la pausa para que sudase un poco, luego contesté a mi propia pregunta:
«Pues ha sido un itinerín, es decir, un itinerarius interruptus.»
A Borja le llevó un tiempo entenderlo, el que necesitó para saber que yo iba de broma; después, ante el asombro de algunos viajeros y el mosqueo de otros, estalló en carcajadas que no cesaron hasta que se quedó sin aliento
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Fabian Zola