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SOMBRAS
Llevábamos saliendo juntos varias semanas y creí que nunca se decidiría. Esta vez por fin, amparado por la oscuridad, puso su mano en mi rodilla. Unos segundos después noté como la dejaba resbalar por debajo de mi falda, de perfil, de modo que en cuanto la avanzó un poco noté la palma en un muslo y los nudillos en el otro. Entretanto, escenas de salvaje ferocidad se sucedían en el corazón de África. El desgraciado misionero había sido enterrado hasta el cuello y su cabeza, pringada con una sustancia viscosa, era el punto de destino de un batallón de insectos que avanzaban pausadamente hacia el blanco. Me reí del juego que me sugería formular mi pensamiento en palabras: el rostro cadavérico del padre blanco destacaba por igual de la piel de ébano de sus captores y de los goterones de pez oscura que lo enlodaban. Era un blanco perfecto, como el negro azabache que la mano de Pepe se iba a encontrar. Por un momento pensé que si llegaba a pasarse demasiado no sabría como pararlo. Los insectos seguían avanzando y al desgraciado misionero sólo le quedaba el recurso de cerrar los párpados, cosa que de poco le iba a servir. En cambio yo sí que podía cerrar las piernas. Quizás debería ir pensando en hacerlo.
El camino recorrido por la mano de Pepe parecía sincronizado con el avance de los insectos. Él no había quitado ojo a la pantalla. Creo que la escena le había servido para marcar el tiempo de aproximación a su meta. Comprendí que eso me daba ventaja: su mano alcanzaría mis bragas cuando las hormigas, o lo que fueren aquellos bichos repugnantes, saltasen sobre la cabeza cautiva. Ese era el momento adecuado para apretar los muslos. Aunque no estaba segura de acertar a hacerlo en el instante exacto.
El tiempo transcurrido me pareció por un lado poquísimo, empezaba a disfrutar, y por otro una eternidad. Siempre me pasa en las escenas que secuestran mi atención. Cierto que éste no era el caso, porque el estreno de una mano entre mis muslos había partido mi persona en dos: la que deseaba sacrificar mi rancio pudor uncida al sacrificio del prisionero y la opuesta, la que imploraba para ambos el milagro del rescate. De repente, cuando faltaban unos milímetros para que las antenas del primer bicho alcanzasen el ojo desencajado de la víctima, el encuadre cambió bruscamente. Ahora mostraba desde arriba,— "desde el punto de vista cenital", como diría Pepe que sabe mucho de cine—, el círculo de sombras ominosas que proyectaban las cabezas de los danzantes de la tribu, inmóviles ya para no perderse detalle del asalto final. Lo que se veía, creciendo hacia el primer plano, era como un huevo pringoso con calvas y mechones apelmazados por grumos de pez negra. Los danzantes en pose congelada iban quedado fuera del cuadro. El huevo era el centro de un anillo de sombras circulares que se fundían para engullirlo.
Justo entonces, en el instante final, otra sombra gigante, alargada e igual de siniestra, se extendió por el pasillo, a nuestro costado, nublando los tenues reflejos que llegaban de la pantalla todavía. La sombra se prolongó en un sonido, en una voz que escupía ronca sobre nuestras cabezas:
—"Jóvenes, la fila de los mancos es la última. Ya lo saben para otro día".
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Fabian Zola