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Madrid
ca. 1996

At her seventh birthday, Rita talked with the wind!
 


VIENTO


    Margarita era una niña muy presumida. Todas las mañanas, cuando se levantaba para ir al colegio, pasaba casi una hora frente al espejo cambiándose de peinado. Para no llegar tarde tenía que madrugar más que su mamá, y como en su cuarto no había reloj despertador, dejaba el postigo de madera un poco abierto y así la luz del sol entraba hasta su cama y le ayudaba a despertarse. Cuando su papá dormía en casa, Margarita se ponía muy contenta porque a la mañana siguiente iba en coche al colegio. Además, aunque  se despertase un poco después, le daba tiempo a peinarse cuatro o cinco veces y no llegaba tarde. Un día de invierno, cuando ya era casi de noche, su papá volvió de un viaje que había sido muy largo. Ella se puso a dar saltos de alegría porque no lo esperaba. Su papá no había podido llamar por teléfono y nadie sabía que iba a llegar. Cuando entró por la puerta de la casa, antes de que le diese tiempo a cerrarla, ya se había colgado de su cuello. Se dieron muchos besos hasta que se asustaron porque la puerta se cerró sola, dando un golpe muy fuerte. «Es el viento», dijo el padre. «He venido conduciendo con mucho cuidado porque casi no veía la carretera. El viento ha derribado muchos árboles y de las ramas seguía arrancando hojas que golpeaban con fuerza contra el parabrisas». «¿Qué es el paraprisas?», preguntó Margarita. Su madre que había salido de su cuarto al oír el portazo se echó a reír y le explicó que no se decía paraprisas, sino parabrisas. «Es como si fueran dos palabras: para y brisas. Las brisas son el viento, y el cristal que va delante del coche es para eso, para pararlo ...», «... claro, lo mismo que el parachoques es para los choques», «... y el paraguas, para las aguas».
Las risas hicieron que los tres se olvidasen del viento, pero éste seguía escuchándose fuera. A veces silbaba, como el aullido del lobo; otras, chocaba contra árboles y casas, y se enfurecía cuando entraba en un callejón y encontraba un muro demasiado alto que no lo dejaba escapar. Entonces rugía, y el sonido se parecía al de un león muy enfadado.

    Margarita se despertó a la mañana siguiente antes de que la luz entrara por su ventana. El postigo que había dejado entreabierto daba fuertes golpes y parecía que iba a romperse. No quería que sus padres se despertasen también porque sabía que era muy temprano. Así que se puso de pie encima de la cama para poder llegar a la manilla que abría la ventana. Cuando la levantó, el viento hizo fuerza contra el cristal y entró en la habitación revolviéndolo todo: los cuadernos, las láminas de dibujo, y los muñecos de trapo que dormían al pie de la cama. Luego pareció que el viento no se conformaba con mover los papeles y los juguetes que pesaban poco y la emprendió con las cosas que pesaban más: empezó por los cacharros de la cocina de juguete y después se metió dentro del armario para sacar de allí todos los vestidos de Margarita uno por uno. Los pantalones, las faldas, las blusas, los pañuelos, los calcetines y hasta los zapatos se pusieron a bailar en el aire llenando la habitación como si estuvieran de fiesta. Margarita saltaba encima de la cama intentando coger alguna de sus ropas, pero cuando conseguía sujetar un vestido con las dos manos el viento la levantaba a ella también. Le pareció que aquello era muy divertido y se dejó llevar. Pensó que habría sido mejor agarrarse a una alfombra como sucedía en uno de los cuentos que le leía su madre y entonces el viento, como si hubiera adivinado lo que pensaba, levantó la pequeña estera que tenía al costado de la cama y la puso debajo de ella. Luego con un soplido más potente todavía hizo un fuerte remolino y rebotó la estera contra la puerta para hacer un rizo en el aire y sacarla por la ventana con ella encima.

    Margarita viajaba sujetándose a su vestido y a la estera con las dos manos pero no tenía miedo. En cambio sí que tenía frío y dijo en voz alta: «Estoy empezando a tiritar. Me castateñean los dientes». Nada más decir eso, de los miles de hojas que viajaban a su lado, las más grandes empezaron a posarse encima de ella  hasta que formaron como una manta que le tapaba hasta la cabeza. A la vez escuchó una voz profunda que salía de todas partes, la rodeaba y se reía roncamente: «Se dice castañetear no castateñear. Eres muy divertida». Ella contestó sin que le pareciera raro estar hablando con el viento: «Bueno, pues si soy tan divertida me podías explicar por qué se dice así, como hace mi madre cuando me equivoco». «Está bien», volvió a roncar el viento: «¿Has visto lo que hacen las castañas cuando las pones en el fuego para asarlas?», «Pues claro. Dan un salto en el aire y estallan. Se oye como un disparo». «Lo ves. Eso hacían tus dientes antes de que te arropase con las hojas cuando tenías frío. Sonaban como los disparos de las castañas. CAS-TA-ÑE-TE-A-BAN, ¿Se te olvidará?». «Claro que no». «Bueno pues ahora volveremos a casa para que sigas durmiendo hasta que tu madre venga a despertarte. Ya no te hará falta peinarte nunca más. Te he puesto un pelo revuelto que te queda muy bonito. Otro día volveré a verte ¡Adiós!».

    Cuando su madre entró en la habitación el sol ya llevaba un buen rato en el cielo. Tuvo que hacerle cosquillas para despertarla. «Sal corriendo de la cama», le dijo, «hoy no tienes tiempo para peinarte más de una vez». Margarita se desperezó y le dijo riendo: «No importa, ya no me hace falta peinarme nunca más.», «¿Cómo es eso posible?», le preguntó su padre que también se había asomado a la puerta para meterle prisa. «Es mi secreto. Solo puedo decir que es un regalo del viento», contestó la niña, mientras guardaba entre las láminas de su carpeta de dibujo la hermosa hoja púrpura que recogió de encima de su almohada.
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Fabian Zola

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