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... por el sendero de MOEBIUS
El tren de laminación de la fábrica de plásticos era capaz de producir una banda continua de longitud indefinida. Mi proyecto estaba listo. Tres kilómetros de cinta azulada de un metro de anchura habían sido soldados por sus extremos formando un anillo singular, un ocho gigante, que flotaba ingrávido a bastante altura.
Nos detuvimos un momento para recoger un jalón de madera pintado de rojo que terminaba en un cono acerado. Luego ascendimos hasta el anillo. Calenté la punta metálica y perforé suavemente la cinta. El jalón quedó bien asegurado. Era un punto de referencia inconfundible. La cinta, propulsada por levitación, emprendía con nosotros el viaje. En pocos minutos perderíamos de vista el planeta. Tomo de la mano a mi compañera. Me pregunta por qué sonrío.
—Estoy satisfecho, —le digo—, va a ser un viaje feliz. He conectado mentalmente con el fundador de la antipsiquiatría, como le llamaban los escolásticos.
—¿Y eso te hace sonreír?
No puedo explicarle que he tomado por buen augurio el hecho de pensar en un heterodoxo cuando, precisamente, iniciamos el viaje que puede desmoronar el estable mundo de normalidad en el que ella se ha instalado. Además, qué clase de respuesta sería esa si me he hartado de repetirle que no creo en conjuras ni augurios, excepto en la conjura de la estupidez.
Ella espera mi respuesta. Elijo la más antigua: la beso, aprieto su mano, y partimos.
Mirando al frente el "camino" es recto. Estamos en una parte convexa del anillo. De cuando en. cuando vuelvo la vista atrás. Ella también lo hace. No hemos dado ni un centenar de pasos y ya, de la delgada línea roja, sólo se ve el trocito superior. Cuando desaparece el último vestigio le explico que nuestros ojos están bajo el plano tangente a la superficie de la cinta que pisamos, trazado por el extremo del jalón. Ella me llama pedante. No sabe geometría. Yo la envidio un poco.
Le prometo que descansaremos al llegar a la sorpresa que vamos a encontrar a la mitad del recorrido. Porque siempre le gustaron las sorpresas acepta feliz mi promesa sin pararse a examinar que es alógica.
Queda poco para la media hora de marcha. Aguzo la mirada y alcanzo a distinguirlo. Allí, frente a nosotros, a menos de cincuenta pasos está el cono de acero. Exactamente en su sitio. Lo alcanzamos y le digo que se agache para tocarlo.
—Parece una punta igual al del palo que clavaste.
—Es la misma, ¡esa es la sorpresa!
—No seas imbécil, —me replica—, según tus palabras de antes estamos ahora a mitad de camino.
—Es cierto, pero es la mitad del camino para volver a la parte roja del jalón: el vástago. Esa es la punta.
—Deja de decir incoherencias, me suplica y al mismo tiempo me mira intrigada.
—No hay nada incoherente, le digo; lo que pasa es que estamos debajo. Lo comprobarás si sigues avanzando otra media hora. Yo desandaré, al mismo ritmo, el camino que acabamos de hacer juntos, y nos encontraremos en el punto de partida.
Deshago lo andado; voy un poco más despacio porque pienso que ella, al marchar sola, aflojará el paso. Pero no es así. Parece que me equivoqué al prejuzgar su reacción. Cuando empiezo a divisar el trazo rojo y éste se hace consistente, compruebo que ella está allí. Me acerco adoptando un falso aire de complacencia. Sonrío y quiero darle a entender con un beso que el experimento ha terminado. Pero su mirada no es “normal”. Un psiquiatra ortodoxo la llamaría esquizoide.
Da un salto hacia atrás, casi felino, a la vez que arranca el jalón. Queda plantada en un escorzo muy bello. Me recuerda a una lanzadora de jabalina olímpica, de cuya imagen estuve enamorado en mi adolescencia.
La punta acerada está muy cerca de mi cuello. Aunque su puntería fuera pésima, no puede fallar. Echo a correr despavorido y cuando juzgo estar fuera de su alcance me paro a mirarla. No me ha seguido. Ni siquiera cruza su mirada con la mía. Parece que escarba en el mismo agujero que quedó al desclavar el jalón; lo debe estar ensanchando para que el vástago se deslice con facilidad. No tiene más que esperar a que yo pase por debajo; por eso no corre tras de mí. Debe de haber comprendido al fin...
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Fabian Zola