[RC-XI] |
![]() | Madrid |
El MUELLE
El gabinete de ingeniería estaba en el ala del edificio cuya fachada daba frente a la presa. En días de sol radiante, el reverbero del embalse se sumaba al torrente de luz que entraba por las ventanas.
PROHIBIDO CERRAR PERSIANAS CUANDO VIERTE EL ALIVIADERO
rezaba. un cartel visible desde cualquier punto del gabinete. Al pie de la extraña orden, un garabato tosco pero perfectamente legible: Saturio Ungaretti, director.
Nadie sabía explicar el porqué de la prohibición. El espectáculo de la caída de miles de toneladas de agua, atrapando el arco iris al romper en torbellinos de espuma, producía un efecto hipnotizador. El comentario de algún veterano les sacaba del trance:
—Por hoy está bien muchachos. Ya descansamos bastantes minutos.
—Al viejo chocho le gusta. Si no, di a qué viene esa orden.
—Pura megalomanía. La luz, los reflejos y los colores se nos meten en el alma, y nos gritan: "He aquí la obra de vuestro amo. Reverenciadle".
—Esa explicación es ridícula. No conozco individuo más práctico ni menos fantasioso que el director.
La última sentencia del veterano terminaba con los brotes de insubordinación verbal, y con la cadena de reticencias que otras veces seguían. Todos hincaban de nuevo los codos. Por el intercomunicador de alta fidelidad instalado en el despacho del director, sólo se escuchaba ya el chasquido de algún fósforo, y el pufido que expulsaba la primera bocanada de humo de un cigarrillo.
Ensimismado en la contemplación de "su" catarata, Saturio presionaba repetidamente el pequeño muelle que sostenía entre el pulgar y el índice de su mano izquierda.
***
La mujer entró atropelladamente en el puesto de guardia. Gritaba: "Los malditos chicos se han matado. Esta vez están muertos. He visto sangre".
El carabinero del puesto de Valpiedra levantó apenas la vista de los papeles que ocupaban su atención en aquel momento.
—Siéntese y espere a que yo pregunte —dijo calmoso.
—Pero... es que están tendidos en el callejón de la iglesia: helados, muertos, y...
—¿Los ha tocado?
—¿Yo? No, pero...—. Desconcertada, la mujer rompió a llorar. El carabinero se humanizó un poco.
—Repóngase durante el tiempo que le haga falta. Si están muertos no se moverán del callejón. Y si usted ha imaginado la catástrofe, como otras veces, no quedará rastro ni de Longinos ni de Saturio cuando lleguemos allí.
Del sollozo manso creció un largo hipido. La autoridad de Valpiedra consideró aquel mi-bemol como un homenaje a su clarividencia. Eructó, se incorporó y, al tiempo que se abrochaba el cinto, dijo:
—Vamos a la farmacia.
***
Agazapado, bizqueando por causa de la atención que ponía al apuntar cuidadosamente a la coronilla de Longi, la pregunta del maestro lo cogió de sorpresa por completo:
—¿Qué clase de energía es comparable a la que se almacena en un embalse de agua?
Trece cabezas giraron al unísono. Siete miradas burlonas, las de los empollones; seis llenas de ansiedad. Si Sato no contestaba, la banda de los "gurriatos" se quedaría sin jefe a la hora del recreo.
Era fácil vencer a los "paliduchos", a pesar de las artimañas y trampas que preparaba Longi. Pero la presencia de Sato era decisiva; había quedado demostrado que repartiendo mamporros valía por tres.
—¿Se ha tragado la lengua? En su esfuerzo por captar algún soplo salvador, Sato estiraba el cuello y hasta movía las orejas. El gurriato más próximo susurró:
—Di que la de un río... Sato permanecía mudo. Ignoraba la respuesta correcta, pero adivinaba que el soplo no servía. El odiado Longi levantaba ya el brazo. Ante la aquiescencia del maestro contestó:
—La energía mecánica almacenada en un resorte comprimido.
—Muy bien, ¿sabe algún ejemplo más?
—Pues... la de la goma estirada de un tirachinas... como el que esconde Sato.
Aquello había sido un golpe a traición. La sentencia del maestro fue fulminante: "Sin recreo toda la semana". Y para colmo era lunes.
Mientras los gurriatos eran vapuleados día tras día, su jefe, en la soledad del cuarto trastero, tragaba lágrimas de rabia y rumiaba un plan... y trabajaba en la fabricación de siete robustos tirachinas, capaces de disparar piedras como el dedo gordo.
El viernes amaneció lloviendo torrencialmente. Sato estaba feliz. Durante las cuatro noches precedentes había asombrado a su madre. Arrodiliado, más de un cuarto de hora, recitaba la letanía de oraciones hasta siete veces.
—Ha recuperado la devoción y el candor— decía la mujer al maestro.
—¿Sabe usted para qué reza? Vamos... ¿qué pide?
—Creo haberle oído que para que llueva. ¡El probecito! Como sabe lo falto de agua que está el campo.
—Está bien. Pero si averigua usted que pide otra cosa, no deje de decírmelo.
La mujer no pensó que la otra petición de su hijo pudiera importar al maestro. Además, nada tenía ésta que ver con las oraciones. Desde la muerte de su marido, el viejo poncho remendado se pudría en el desván. Verdaderamente podría servirle al muchacho. Un sencillo recorte bastaba.
Entre cariñoso y suplicante el chico terminó por convencerla.
—Ande madre. No ve que la tela que sobra no se'sperdicia. Me llena el poncho de bolsillos. Por dentro, pa que no les entre el agua cuando llueva.
***
Longi no compartía el alborozo que la imagen de Sato despertaba entre los paliduchos. Alguno, envalentonado por la serie de victorias fáciles de la semana, había dicho a los gurriatos que su jefe parecía una tienda de campaña con cabeza de puerco. El insulto quedó impune. A Sato sólo le preocupaba que la lluvia no parase antes de salir de la escuela. Ya dejarían de reír cuando viesen lo que escondía en su "tienda", La batalla, esta vez, no tendría lugar en el patio. Acorralarían a los paliduchos en el callejón de la iglesia.
Longi avanzaba con los suyos formando un grupo compacto. Hombro con hombro. Un gurriato, casi oculto por el contrafuerte del muro, informó de la aparición del enemigo por la entrada del callejón.
—Vienen apelotonaos.
—Tanto mejor. Si falla la puntería con uno, le pega al d'al lao.
—¿Disparamos ya?
—¡No! Esperamos a que se oigan las pisadas.
—Estarán muy cerca y caerán tumbaos al primer chinazo.
—¡Eso! Así paecerá que la diñan de verdad.
Pasaban los segundos y nada se oía. El vigía contaba en voz baja. Cuando llegó a sesenta miró a Sato. Su expresión resumía la perplejidad de todos.
—Los cagones han huido— gritó Sato al tiempo que se plantaba de un salto en el centro del callejón. Los gurriatos, interpretando el grito como una orden de persecución, lo siguieron al instante. Pero nadie dio más de tres brincos. Todos se pararon en seco, al costado o a la espalda de Sato, partícipes del mismo asombro.
A menos de diez pasos, inmóviles, los paliduchos presentaban una formación que parecía un grupo escultórico. Rodilla en tierra los tres primeros, y de pie tras ellos los otros cuatro, bloqueaban el paso. El brazo derecho extendido, rígido, apuntando con las ridículas pistolas que disparaban un palito.
Sato fue el primero que estalló en carcajadas. Su banda le coreó de inmediato. Todos saltaban y hacían muecas de burla. Los paliduchos ni siquiera pestañeaban. Sato sin dejar de reír se aproximó a Longi. Se inclinó, en una reverencia bufa, hasta tocar con la frente la minúscula arma. Los demás lo imitaron, eligiendo cada uno al enemigo de su devoción.
Con voz aflautada, en un falsete que traicionaba su nerviosismo, Longi chilló:¡Disparar!
Siete ayes se fundieron en un solo grito. De la mejilla, entre las cejas o en la punta de la nariz, según el blanco voluntario ofrecido por cada víctima, colgaba un muellecillo prendido como un pendiente.
Excepto los dos cabecillas, todos salieron corriendo. Los gurriatos en furiosa persecución de sus burladores.
Sato no había sido capaz de reaccionar todavía. Al palparse la frente soltó el taco más gordo que sabía. Longi, plantado ante él, lo sermoneaba en tono pedante:
—Lo que te cuelga de la frente es un resorte: el muelle de tu ignorancia. Prende del arponcillo que ha impulsado, que es lo que tienes clavado y te produce dolor. Pero ese dolor no te durará mucho, porque puse un anestésico suave en la punta del arpón. Cuando estés dormido yo mismo te lo arrancaré con cuidado. Ahora contaré desde diez hasta cero.
Sato parecía hipnotizado. Ni siquiera hizo intención de abalanzarse sobre Longi. A medio metro de éste, estaba como clavado al suelo; los pies separados, las puntas hacia afuera; el brazo izquierdo laxo, pegado al cuerpo; el puño cerrado y el hombro un poco avanzado.
Longi terminaba de contar: dos, uno...
Sato movió ligeramente el brazo hacia atrás. Todo el peso de su cuerpo se concentraba en el puño.
—¡¡¡cero!!!
El puño volteó. Ascendió como un péndulo e hizo impacto en el blanco, bajo la barbilla. El chasquido de los dientes sonó como un tabletazo. Longi se elevó un palmo. Al aterrizar quedó inerte, en decúbito supino.
Sato retrocedió hasta apoyar la espalda en la pared de la iglesia. Se dejó resbalar lentamente y quedó sentado. De un tirón brusco se arrancó el arponcillo. La sangre brotó. Dos riachuelos escarlata le surcaron la cara. Pero un segundo después dormía beatíficamente.
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Fabian Zola