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![]() | Madrid |
La Uniformidad era Ley en Región. Las diferencias estaban asociadas a la función: dos objetos de formas diferentes servían necesariamente para cosas distintas. El color de los tejidos empleados en la indumentaria era único: la tonalidad bastaba para distinguir los uniformes masculinos de los femeninos. La igualdad de los sexos tropezaba aún con la barrera fisiológica, pero los últimos experimentos realizados para salvar este escollo habían dado resultados esperanzadores. La coincidencia de estatura era un logro evidente: sólo algunos ancianos, a los que no se había considerado conveniente aplicar la tasa de longevidad, eran más altos o más bajos que los restantes sujetos de Región.
Los ancianos decían "ciudad", en lugar de "región", pero esto no tenía ya sentido. La ciudad dejó de existir cuando la destrucción organizada de la anarquía urbana antigua se simultaneó con el nuevo plan de edificación. El Sistema había previsto la fusión de los nuevos núcleos urbanos y ésta, desbordando los cálculos más audaces, se había producido: Región estaba a punto de alcanzar las fronteras nacionales.
El planeamiento cartesiano —la cuadrícula perfecta que formaban calles y avenidas— había previsto la ubicación de fosos crematorio_fundentes en el centro de cada uno de los 625 cuadros de 1 km de lado. A cada foso concurrían cuatro cadenas transportadoras de las que emergían, a intervalos regulares y sobrepasando netamente la rasante de la calzada, garfios y elementos prensiles diversos. Cuando un vehículo era empujado hasta una cadena no transcurrían más de diez segundos para que un garfio lo enganchase. Vertido en el foso correspondiente, tardaba en disolverse pocos minutos. En los cruces con las calles perpendiculares a las avenidas de las cadenas, parpadeaban ininterrumpidamente los indicadores de los segundos que faltaban para que un garfio se atravesase en el camino. El deporte "regional" que más adeptos sumaba era el del reto a la luz roja: al segundo "cero".
La pauta ordinaria de conducta era la réplica violenta. Violencia silenciosa, muda; pero despiadada y feroz. El Sistema había considerado que el retorno a una densidad de población razonable se podía conseguir —de modo "natural"—, tolerando la violencia asesina. Dos años consecutivos de crecimiento casi nulo parecieron dar la razón a los planificadores y éstos, animados por el éxito, decidieron acelerar el proceso colaborando con la violencia espontánea. El procedimiento fue tan simple como eficaz: el parpadeo de los indicadores de cruce dejó de ser fiable. La reacción inmediata de los habitantes de Región fue defensiva: hombres y máquinas transitaron camuflados bajo los más increíbles blindajes. Pero pronto comprobaron que la contundencia de los garfios y la temperatura de los fosos les seguían ganando la partida. La violencia tomó entonces el camino que el Sistema, en su estable prepotencia, tenía olvidado. La respuesta colectiva se produjo en un período de tiempo impensable. Contra el agresor común, es decir, contra su representante tangible: las cadenas de arrastre. Provocar el colapso de éstas fue elemental. Con un cable de acero trabaron dos garfios en un punto de divisoria, donde cadenas de la misma avenida iniciaban su avance en sentidos opuestos. El cable saltó como si fuese un cordón elástico estirado hasta el límite de rotura, pero tardaba bastantes segundos en ceder; los suficientes para repetir la operación "ayudada", esta vez, por el recalce de vehículos y vigas robustas en los garfios inmediatos. A los pocos minutos saltaba el primer engranaje de la maquinaria motriz.
La avería fue detectada de inmediato, pero no hubo orden de parada, porque tal emergencia no estaba programada. Lo que el Sistema había previsto (con éxito hasta entonces) era que la posible avería en un cuadro fuese automáticamente compensada por el aumento de potencia y aceleración en las ocho cadenas de su entorno. Provocar la inutilización de dos de éstas tenía que multiplicar el caos. Y así fue.
El colapso se extendió imparable. A las 48 horas del primer bloqueo ningún foso de Región recibía ya su acostumbrado "alimento" y la temperatura del pastoso caldo aumentó hasta los miles de grados necesarios para licuar su propio recipiente. Los cimientos de los edificios, faltos de soporte sólido, "flotaron" un tiempo en el magma hasta ser engullidos.
El desmoronamiento de la estructura material de la «Civilización de la Uniformidad» alcanzó sus límites. Las calderas, producto final de la autocombustión de los fosos, se consumieron y empezaron a enfriarse. Cráteres de doscientos metros de diámetro humearon todavía durante meses. Región, avistada desde el aire, era un gigantesco parche del planeta fulminado por viruelas "cartesianas".
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Fabian Zola