[RC-VI]

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Madrid
NOVIEMBRE 2003

... they were like cats on a hot tin roof
 



de gatos que llueven


No tengo muy claro por qué me dicen Café, pero ese no es mi problema. La verdad es que, mirándolo bien, lo que se llama un problema no lo he tenido hasta que vendimos la casa de la capital y nos mudamos al campo. Fue una decisión de los abuelos para escapar del calor del asfalto. Sin embargo, yo no he notado mucha diferencia. La casa de la capital tenía un cuarto trastero, al fondo del pasillo, donde yo me refugiaba al mediodía y allí no me molestaba nadie. Bueno, ahora que lo pienso, de pequeño tuve un desagradable despertar por culpa de dos gatos que se peleaban en el descansillo del alféizar, al otro lado de la ventana. Aquello no se volvió a repetir. Quizás por eso no tomé nota.

Esta casa es un chalé de los que llaman pareados. Nuestra vivienda y la del vecino no están separadas físicamente, sino que tienen una pared común. En el salón, por ejemplo, de un lado estamos nosotros y del otro ellos. La abuela está preocupada por su sordera. Tiene que poner la televisión muy alta, y a lo mejor se quejan ellos. Pero a mí no me gusta la tele, ni alta ni baja me suena natural. Espero que pronto me dejen ir solo a pasear alrededor del contorno de la casa. No hay comparación entre los olores de la ciudad y del campo.

Regina, la niña mimada, dice que en Inglaterra –un país que no conozco– hablan al revés. Por ejemplo, llueven gatos y perros, dicen allí cuando el mal tiempo arrecia y caen chuzos de punta, mientras que aquí se dice llueven perros y gatos. Si no fuera por la terrible experiencia que acabo de pasar, ambas expresiones me seguirían sonando idiotas.

El chaparrón que ha podido costarme la vida, se explica en cuatro líneas. El tejado de la casa vierte a dos aguas. Ambas son dos superficies continuas. Visto desde arriba, desde un aeroplano o un globo, es fácil imaginar qué parte del tejado pertenece a una vivienda y cuál a la otra. Una mediana imaginaria divide a las dos. A los ocho gatos de la casa del vecino les importa una raspa esa línea que no se ve. Pueden usar, y usan a su placer y conveniencia, toda la superficie del tejado. Supongo que antes de venir nosotros no tomarían precaución alguna. Ahora, desde el bastonazo que le tiró el abuelo al primero que apareció por casa, se acurrucan pacientes a esperar en la lima tesa, inmóviles, cada uno al costado del otro. Y para empezar, anoche no tuvieron que esperar mucho; nada más Regina se fue hacia la puerta, estúpido de mí, salí disparado dando un gran salto...

Todavía con los colmillos de uno de los ocho que me llovieron clavados en el cuello, y antes de perder el sentido, pude escuchar a la abuela decirle a la niña: "abre la puerta a Café, no se vaya a mear dentro de casa".
____________

FAB


 
 

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