[RC-VIII] |
![]() | Madrid |
Alas, this is a child, a silly dwarf!
del sabor del miedo
Enrique Melón hace el trayecto todas las mañanas y nunca lo ha visto.
Cuando hoy se detiene en el segundo semáforo de la recta no se conforma con el campo visual que le proporciona el retrovisor y saca la cabeza por la ventanilla. Aunque se contorsiona y tuerce el cuello todo lo que puede, la perspectiva que gana no es mucha. Decide bajarse para ganar altura de parado, al lado del coche. La conductora del auto vecino lo mira asombrada. Cuando Enrique hace visera con la mano derecha para protegerse del sol, la mujer se dirige al niño que la acompaña: "Hijo, pregúntale a ese señor tan raro qué le pasa." "Señor, dice mi madre..." "No molestes enano. Tengo que ver al guardia que acabamos de pasar." "No hemos pasado ningún guardia, señor." "Hijo, ¿dónde hay un guardia?" "¡Señora, cállese que no veo!, ¿o es que también se salta los semáforos?" "¡Pero qué dice, yo jamás...!" "Mamá mira, el monigote ya está amarillo..."
La retaguardia de coches estalla al unísono: "¡Imbécil! ¡borracho! ¡monta de una jodida vez!" "¡Ya voy, cabrones! ¡Ojalá os cace el guardia mañana ...!"
Varias veces había pasado los dos semáforos de una tacada. Hoy ni se le ocurrió. Había salido unos minutos antes para disfrutar tranquilo el alivio de tráfico que estrenaba el verano. Y fue en la esquina del ensanche, nada más pasar el gran escaparate del chaflán, cuando vio de reojo al guardia. Sólo le quedó en la retina la poca estatura del agente. Lo peor es que no estaba ordenando el tráfico, y si además no era bien visible es que se escondía para cazar infractores. Quizás llevaba allí varios días... y habría dado parte de las veces que él pasó los dos semáforos por los pelos. Las multas empezarían a caer enseguida. Además, para la tacada ponía el coche a más de cien. Esa infracción costaba tres meses sin permiso para manejar; la reincidencia, lo que al juez le diera la gana, y a la de tres... ¡la cárcel!.
El sabor del miedo le espesa la saliva y engorda su lengua. Mira el reloj. Tiene tiempo de dar la vuelta y repetir el camino para acercarse al guardia y ver si apunta matrículas. A unos veinte metros del chaflán se sitúa a su izquierda y disminuye la velocidad todo lo que puede. Nada más hacerlo estalla la jauría a retaguardia: "¡Cabrón!, ¡para poner huevos cambia de carril!" "¡Jodepú...!". Un coche todo-terreno da un volantazo, adelanta el morro y acompasa su marcha para cortarle el paso. No puede pensar en frenar ni retroceder, así que trata de escapar pisando el acelerador a fondo.
Todo sucede en la fracción de segundo inmediata: Enrique levanta la vista y lee "EL VIGILANTE"; una radiante superficie de cristal estalla sobre él en miles de soles gloriosos, y la cabeza del guardia que vino a buscar le sonríe incrustada en su parabrisas.
Una enfermera festiva y pechugona informa a la oreja que sale del yeso recién fraguado:
"Loca embestida frontal contra el escaparate de una academia de conducir. Por suerte, la única victima mortal ha sido el guardia enano, simpática mascota de cartón piedra que las chicas del centro vistieron de uniforme para celebrar el estreno del local."
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