[RC-VII] |
![]() | Madrid |
¡OTRA OPORTUNIDAD!
El desfile avanzaba por la calle principal del pueblo. Era todo un acontecimiento. La recién nombrada alcaldesa, Asumpta Mardelaen, apellido acróstico que velaba el rancio abolengo de los Martín de la Ensenada. Rubia, lozana y andaluza, había conseguido que los halcones urbanísticos del consistorio financiasen las fiestas. Para convencerme a mí le bastó desparramar unas gotas de seducción:
»Mira Fabian, tú haces de presentador y de juez. No creo que nadie del pueblo sea capaz de asumir ese papel. Después del concurso te invito a cenar. Paga el Cabildo.
La despampanante rubia que capitaneaba la marcha lanzó al aire su liviano bastón. Lo recogió antes de que llegara al suelo y apuntó al tenderete adornado con banderitas de colores que servía de palco a la alcaldesa. Ésta, fiel al protocolo ensayado durante una semana en el patio trasero del ayuntamiento, se puso en pie y agitó un vistoso pañuelo. La señal fue respondida por veintitantas cabecitas doradas de bisutería que, mirando hacia el palco, corearon al unísono:
»Las rubias no somos tontas, las rubias no somos tontas, la "erre", la "u", la... la...
El pasmo, provocado por las dudas ortográficas que no hubo tiempo de corregir durante los ensayos, fue resuelto por la capitana que arrancó con denodado brío:
»Las rubias no somos tontas...
El estribillo fue repetido de nuevo, pasmo incorporado, como demostración palpable de la capacidad de aprendizaje de las rubias. El desfile alcanzó la plaza un par de minutos después y vino a detenerse frente a la rudimentaria plataforma en la que yo me encontraba, listo para desempeñar mi papel:
»Excelente marcha señoritas. Las felicito a todas. Y ahora, por favor, que se adelante la primera que hayan elegido ustedes para responder a una pregunta de cultura aritmética.
A pasitos cortados, pasando apuros para subir los tres escalones del estrado, se paró ante mí otra beldad rutilante. Fascinado por los ondulados movimientos de aquél cuerpo me quedé sin voz. Las ondulaciones iban acompasadas por los seductores trinos de una voz cantarina. Me sobrepuse como pude y logré entender lo que decía la bella:
»Porfa' señor, que sea facilita.
»Claro que lo es; no se ponga nerviosa querida señorita y dígame: ¿cuántas son tres y dos? Dígalo en voz alta para que lo oigan todas sus compañeras.
»¿Tres y dos?, ¿tres y dos?, lo sé, lo tengo en la punta de la lengua... lo sé: ¡son seis!
Mi mandíbula debió de quedar desencajada por completo y eso sirvió para que el coro de muchachas gritase con una sola voz:
»¡Otra oportunidad!, ¡otra oportunidad!
La concedí sin pensármelo un segundo:
»Concéntrese, fíjese bien, le haré la pregunta de otra manera, ¿cuántas son dos y tres?
»Ésa sí que la sé, ¿dos y tres?, ¿dos y tres?... ¡dos y tres son siete!
Esta vez no se me descolgó el maxilar inferior porque había tomado la precaución de sujetarme la barbilla con ambas manos. Pero mi porte, mantenido más de la cuenta, tuvo respuesta inmediata:
»¡Otra oportunidad!, ¡otra oportunidad!
La beldad se agitaba de tal manera que sus espléndidos senos competían por mostrar su rotundidad. Ni el pensador de Rodin habría resistido sin fundirse. Yo tampoco, la chica tenía que ganar:
»Ésta no la puede fallar, tómese su tiempo y dígame ¿cuántas son dos y dos?
»La sé... la sé, espere un segundo, ésa sí que la sé: ¡dos y dos son cuatro!
Inspiré hondo para celebrar el triunfo, y a mi silbido de espiración estalló el coro incontrolable:
»¡Otra oportunidad!, ¡otra oportunidad!...
____________
Fabian Zola